*AARÓN*
Llevaba todo el día metido en el autobús, buscando desesperadamente a Natalia.
Había recorrido gran parte de Madrid, sin obtener resultados. Cada poco tiempo intentaba hablar con ella, pero su móvil seguía apagado.
Todos los autobuses terminaban su recorrido en la parada de enfrente de nuestro parque, por lo que, tras bajarme de uno y mientras esperaba al siguiente que me llevase a otro lugar, miraba dentro, con la esperanza de encontrarla allí.
“Natalia… ¿dónde estás? Te extraño más que nunca. Necesito verte…”
*NATALIA*
- Hola. –saludé de mala gana cuando le vi entrar.
- Te veo bien… Ya eres toda una mujer…
- Sí, claro… ¿Por qué has venido?
- ¿No te alegras de verme?
Aún recordaba todo lo que había llorado por culpa de aquel hombre. Mis intentos de olvidarlo habían sido en vano, y todo empeoraba con su regreso.
La llamada de mi padre había sido lo peor de los últimos cuatro años.
Me había llamado para decirme que iba a ir a Sevilla a visitarme, aunque no parecía una visita de cortesía. Supuse que pensaba que seguía viviendo allí, y no quise contradecirle contándole que me había marchado, no me apetecía que cualquier día se le ocurriera ir a Madrid a verme…
Me encontraba ante la persona a la que más odiaba en el mundo, de vuelta en la casa que años atrás me parecía una mansión de lo vacía que la veía, de lo sola que estaba.
- ¿Por qué has venido? –repetí.
- Para hablar un rato con mi hija. ¿Tan raro te parece?
- Teniendo en cuenta que nunca hemos hablado… Pues sí, un poco raro sí que es.
- He venido para saber qué has hecho estos cuatro años, si me obedeciste o no. –confesó al fin.
Sabía que no se preocupaba por mi salud o por mis estudios, sólo por conservar su reputación de buen padre ante mi madre, o eso pensaba él, ya que ignoraba que mi madre estaba al corriente de todo.
- Sí, obedecí. –gruñí –Seguí yendo a Madrid y continué con la rutina.
- He de confesarte algo… Pensé que no me contestarías la llamada, pero no porque estuvieses enfadada conmigo, sino porque pensé que ahora mismo ya estarías muerta. ¿De qué te alimentabas?
- Aunque te suene extraño, hay gente buena por el mundo que ayuda a los demás. Me cuidó la vecina, hasta que murió… -no pude evitar mostrarme triste.
- ¿QUÉ? ¿Se lo contaste a la vecina? –su voz pareció un rugido, y se puso rojo de rabia.
- No, no se lo conté. Por lo visto se dio cuenta ella sola de que no te habías ido de viaje de trabajo cuando vio que no volvías… Era bastante evidente, la verdad… -dije, aparentando cala, pero empezaba a asustarme.
Miró su reloj y mis ojos se deslizaron hacia el que reposaba encima del televisor antes de volver a su rostro. Las tres y cuarto.
Por la ventana asomaban los rayos de un sol que anhelaba, me volvía a sentir encerrada en aquel lugar. Ansiaba marcharme pronto de allí, pero con mi padre cerca no podía hacerlo.
Entonces sentí que esos rayos se tornaban verdes, aunque seguían siendo de un amarillo intenso, pero los sentí verdes, verde esperanza, cuando volvió a mirar el reloj y empezó a ponerse nervioso. ¿Se marcharía ya?
jueves, 25 de febrero de 2010
lunes, 22 de febrero de 2010
Capítulo 29
*ANABEL*
Necesitaba saber si Marcos sabía que yo había atropellado a Aarón, porque si no era por eso, desconocía las causas de su enfado conmigo. Además tenía que preguntarle si se lo había contado a alguien… Llevaba tiempo sin ver a Aarón, por lo que no había podido comprobar si sabía algo. ¿O era ésa la razón por la que no nos habíamos vuelto a ver?
Marqué el número de Marcos y esperé. Cuando estaba a punto de colgar, contestó.
- Marcos, me gustaría hablar contigo de un asunto.
- ¿Sigues teniendo el coche en el taller?
- Pues sí, ¿Por qué?
- Nada, nada, ¿a qué hora quedamos?
- ¿En media hora en el parque?
- Vale. Hasta luego.
Y me colgó enseguida.
Bajé a la parada de autobús y en veinte minutos llegué a nuestro punto de encuentro. A las once en punto apareció Marcos.
- No tengo mucho tiempo para regalártelo a ti. Tengo cosas más importantes que hacer. –dijo nada más llegar.
- Sólo te robaré unos pocos minutos.
- Vale, pero dime algo primero. ¿Cómo descubriste que los frenos del coche funcionaban mal?
- Tuve un accidente. Me choqué.
- Ah… Te chocaste. ¿Contra qué?
Empezaba a ponerme nerviosa. Aún no sabía si él conocía todos los detalles del atropello de mi novio, por lo que no iba a hablar de ese tema, no me apetecía meter la pata.
- Contra un árbol en medio de la calle.
- ¿Y qué hacías conduciendo hacia un árbol? ¿Te piensas que soy tonto o qué?
- No, Marcos, no pienso que seas tonto… Eres demasiado listo…
- ¿Dónde estaba cuando te llamó Edu para darte la noticia sobre Aarón?
- En mi casa. Acababa de guardar…digo…de llegar. –corregí antes de delatarme por completo.
- He estado con Aarón esta mañana. ¿A que no adivinas dónde me lo he encontrado? –dijo con una sonrisa de maldad. –Frente al portal de Natalia, que iba a visitarla… Qué raro, ¿no? A ella la va a ver a casa y a ti ni te llama… Por cierto, te perdiste una gran fiesta el sábado.
- Ya lo sé, me lo contó Verónica. Oye, Marcos, me tengo que ir a trabajar, ¿vale? Ya hablaremos. –dije mientras me alejaba de él.
- Claro… aún tenemos un tema pendiente… -le oí mientras salía, dejándole allí, de pie en medio del parque.
*VERÓNICA*
Mientras soportaba al profesor de matemáticas y dibujaba tonterías en el cuaderno, recordé las palabras de Anabel el pasado domingo.
Tras lo ocurrido mi idea había sido que ella estuviera siempre junto a Aarón, cuidándole y prestándole toda la atención posible, así él se daría cuenta de que Anabel estaba con él y Natalia no, pero tras conocer toda la historia mis planes ya no servían para nada.
Lo único que me interesaba en ese momento era que Aarón no se enterase, pues si alguien se lo contaba lo dejaría con Anabel, y Natalia tendría posibilidades. ¿O no? Había escuchado decir a Ruth que entre mi hermana y Marcos había habido algo, pero desconocía el interés de ella… ¿Querría algo con él?
*LYDIA*
Sabía perfectamente que la tal Natalia no trabajaba, pero desconocía dónde vivía, para hacerle una pequeña visita de cortesía, aunque por eso no había problema, estaba segura de que su hermana lo sabía.
A las dos y media, cuando Verónica salía del instituto, la llamé al móvil.
- ¿Verónica?
Necesitaba saber si Marcos sabía que yo había atropellado a Aarón, porque si no era por eso, desconocía las causas de su enfado conmigo. Además tenía que preguntarle si se lo había contado a alguien… Llevaba tiempo sin ver a Aarón, por lo que no había podido comprobar si sabía algo. ¿O era ésa la razón por la que no nos habíamos vuelto a ver?
Marqué el número de Marcos y esperé. Cuando estaba a punto de colgar, contestó.
- Marcos, me gustaría hablar contigo de un asunto.
- ¿Sigues teniendo el coche en el taller?
- Pues sí, ¿Por qué?
- Nada, nada, ¿a qué hora quedamos?
- ¿En media hora en el parque?
- Vale. Hasta luego.
Y me colgó enseguida.
Bajé a la parada de autobús y en veinte minutos llegué a nuestro punto de encuentro. A las once en punto apareció Marcos.
- No tengo mucho tiempo para regalártelo a ti. Tengo cosas más importantes que hacer. –dijo nada más llegar.
- Sólo te robaré unos pocos minutos.
- Vale, pero dime algo primero. ¿Cómo descubriste que los frenos del coche funcionaban mal?
- Tuve un accidente. Me choqué.
- Ah… Te chocaste. ¿Contra qué?
Empezaba a ponerme nerviosa. Aún no sabía si él conocía todos los detalles del atropello de mi novio, por lo que no iba a hablar de ese tema, no me apetecía meter la pata.
- Contra un árbol en medio de la calle.
- ¿Y qué hacías conduciendo hacia un árbol? ¿Te piensas que soy tonto o qué?
- No, Marcos, no pienso que seas tonto… Eres demasiado listo…
- ¿Dónde estaba cuando te llamó Edu para darte la noticia sobre Aarón?
- En mi casa. Acababa de guardar…digo…de llegar. –corregí antes de delatarme por completo.
- He estado con Aarón esta mañana. ¿A que no adivinas dónde me lo he encontrado? –dijo con una sonrisa de maldad. –Frente al portal de Natalia, que iba a visitarla… Qué raro, ¿no? A ella la va a ver a casa y a ti ni te llama… Por cierto, te perdiste una gran fiesta el sábado.
- Ya lo sé, me lo contó Verónica. Oye, Marcos, me tengo que ir a trabajar, ¿vale? Ya hablaremos. –dije mientras me alejaba de él.
- Claro… aún tenemos un tema pendiente… -le oí mientras salía, dejándole allí, de pie en medio del parque.
*VERÓNICA*
Mientras soportaba al profesor de matemáticas y dibujaba tonterías en el cuaderno, recordé las palabras de Anabel el pasado domingo.
Tras lo ocurrido mi idea había sido que ella estuviera siempre junto a Aarón, cuidándole y prestándole toda la atención posible, así él se daría cuenta de que Anabel estaba con él y Natalia no, pero tras conocer toda la historia mis planes ya no servían para nada.
Lo único que me interesaba en ese momento era que Aarón no se enterase, pues si alguien se lo contaba lo dejaría con Anabel, y Natalia tendría posibilidades. ¿O no? Había escuchado decir a Ruth que entre mi hermana y Marcos había habido algo, pero desconocía el interés de ella… ¿Querría algo con él?
*LYDIA*
Sabía perfectamente que la tal Natalia no trabajaba, pero desconocía dónde vivía, para hacerle una pequeña visita de cortesía, aunque por eso no había problema, estaba segura de que su hermana lo sabía.
A las dos y media, cuando Verónica salía del instituto, la llamé al móvil.
- ¿Verónica?
jueves, 18 de febrero de 2010
Capítulo 28
*AARÓN*
Llevaba todo el día sin salir de casa, tumbado en la cama y pensando en Natalia.
Quería hablar con ella, pero pensé que era tarde. Ya hablaríamos al día siguiente.
Encendí la radio y poco a poco me fui durmiendo.
A la mañana siguiente me desperté a las nueve. Me vestí rápidamente y salí de casa, sin desayunar y dejando a mi madre con la palabra en la boca.
Veinte minutos más tarde doblaba la esquina en la que comenzaba la calle de Natalia.
Casi al mismo tiempo, una figura aparecía por una callejuela en el extremo opuesto y caminaba hacia donde yo me encontraba. A medida que me acercaba fui reconociendo a Marcos.
Cuando llegamos al edificio de Natalia los dos paramos, quedando uno enfrente del otro.
- ¿Qué narices haces aquí? –le pregunté.
- Me parece que vengo a lo mismo que tú.
- ¿Y si te digo que mi objetivo es cargarme a la vecina de las chicas?
- Pues yo me apunto. Nunca me ha caído bien esa mujer. El único simpático es el perro…
Su comentario me hizo gracia, pero no me reí.
- Creo que uno de los dos debería marcharse y volver en otro momento… -comentó.
- Opino que somos lo suficientemente mayorcitos como para poder hablar los tres tranquilamente.
- Si tú lo dices…
Llamó al timbre, nos abrieron y entramos.
En la puerta se encontraban Ana y Sara. Se notaba que esperaban a alguien que no éramos nosotros.
- Hola chicas. ¿Está Natalia? –preguntó Marcos.
- Pensábamos que era ella quien venía.
- ¿No ha dormido aquí? –empezaba a preocuparme.
- No.
- Pero si yo la dejé anoche en el portal… -comentó Marcos, y le miré, pues ignoraba que había estado con ella el día anterior.
- Sí, y entró en casa, pero recibió una llamada al móvil y se marchó. –dijo Ana.
- Y no contesta nuestras llamadas… Nadie sabe dónde está. ¿Se te ocurre dónde puede haber ido? –le preguntó Sara a Marcos.
- Ahora mismo no se me ocurre. Lo siento. ¿Tú tienes alguna idea? –preguntó, dirigiéndose a mí.
Negué con la cabeza. No me salían las palabras.
- Pensé que estaría aquí, por eso he venido, igual que tú. –conseguí decir después de un rato.
Cogí el móvil y marqué el número de Natalia.
- Tiene el móvil apagado… -dije, totalmente desesperado.
Llevaba todo el día sin salir de casa, tumbado en la cama y pensando en Natalia.
Quería hablar con ella, pero pensé que era tarde. Ya hablaríamos al día siguiente.
Encendí la radio y poco a poco me fui durmiendo.
A la mañana siguiente me desperté a las nueve. Me vestí rápidamente y salí de casa, sin desayunar y dejando a mi madre con la palabra en la boca.
Veinte minutos más tarde doblaba la esquina en la que comenzaba la calle de Natalia.
Casi al mismo tiempo, una figura aparecía por una callejuela en el extremo opuesto y caminaba hacia donde yo me encontraba. A medida que me acercaba fui reconociendo a Marcos.
Cuando llegamos al edificio de Natalia los dos paramos, quedando uno enfrente del otro.
- ¿Qué narices haces aquí? –le pregunté.
- Me parece que vengo a lo mismo que tú.
- ¿Y si te digo que mi objetivo es cargarme a la vecina de las chicas?
- Pues yo me apunto. Nunca me ha caído bien esa mujer. El único simpático es el perro…
Su comentario me hizo gracia, pero no me reí.
- Creo que uno de los dos debería marcharse y volver en otro momento… -comentó.
- Opino que somos lo suficientemente mayorcitos como para poder hablar los tres tranquilamente.
- Si tú lo dices…
Llamó al timbre, nos abrieron y entramos.
En la puerta se encontraban Ana y Sara. Se notaba que esperaban a alguien que no éramos nosotros.
- Hola chicas. ¿Está Natalia? –preguntó Marcos.
- Pensábamos que era ella quien venía.
- ¿No ha dormido aquí? –empezaba a preocuparme.
- No.
- Pero si yo la dejé anoche en el portal… -comentó Marcos, y le miré, pues ignoraba que había estado con ella el día anterior.
- Sí, y entró en casa, pero recibió una llamada al móvil y se marchó. –dijo Ana.
- Y no contesta nuestras llamadas… Nadie sabe dónde está. ¿Se te ocurre dónde puede haber ido? –le preguntó Sara a Marcos.
- Ahora mismo no se me ocurre. Lo siento. ¿Tú tienes alguna idea? –preguntó, dirigiéndose a mí.
Negué con la cabeza. No me salían las palabras.
- Pensé que estaría aquí, por eso he venido, igual que tú. –conseguí decir después de un rato.
Cogí el móvil y marqué el número de Natalia.
- Tiene el móvil apagado… -dije, totalmente desesperado.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Capítulo 27
*MARCOS*
Llegué a casa cuando ya era de noche. Entré silbando en el salón, pero pronto se evaporó mi felicidad.
- ¿Qué haces tú aquí? –pregunté.
- Yo también me alegro de verte, cariño. –dijo Lydia mientras se acercaba a mí y me daba un beso en los labios.
- Creía que te había dejado las cosas claras… -dije apartándome de ella, sin disimular mi enfado.
- Todo fue un malentendido… Además, todas las parejas discuten, es algo normal. Pero yo ya lo he olvidado todo, ¿vale?
- Claro, ya te habrás olvidado hasta de cómo se llamaba el capullo con el que me pusiste los cuernos, porque desde entonces ya habrán pasado muchos más por tu cama. Más todos los que hubiera habido antes…
- Pero cariño… Yo no quería…
- ¡No me llames cariño! ¡Y lárgate de mi casa ya!
Se giró y miró a mis amigos, quienes parecían clavados al sillón. Sólo les faltaban las palomitas para disfrutar del espectáculo.
- ¿Nos dejáis a solas, por favor? –les preguntó con una sonrisa que entendieron rápidamente. –Marcos y yo tenemos que arreglar un asunto…
- Mis amigos no se van a ninguna parte. No eres nadie para decirles lo que deben hacer, y menos en su propia casa… Lárgate, Lydia.
- ¿No te estarás enamorando de la mosquita muerta a la que Aarón dio puerta hace tiempo? Lo que me faltaba…
- A ti lo que yo piense o sienta no te importa. Te lo digo por tercera y última vez. Vete de mi casa.
Abrí la puerta para que se fuera. Se acercó y, cuando estaba a punto de salir, me miró.
- Te aseguro que acabarás volviendo a mí… -dijo, haciendo evidente la amenaza en sus palabras.
Salió a la calle y la observé de pies a cabeza antes de cerrar.
Su pelo castaño totalmente liso caía hasta sus hombros, sin formar ni una sola onda y, respecto a su cuerpo, no tenía que envidiar a ninguna modelo. Era espectacular y ella lo sabía, por eso jugaba con todos los chicos a su antojo. Nunca había estado con alguien más de un día, pero pensé que al estar conmigo cambiaría, me engañé por completo. Intentaba no pensar en el número de chicos con los que habría estado mientras estábamos juntos…
- ¡Marcos, que me ha llamado el jefe y mañana nos da el día libre! –gritó Jonathan desde el salón.
Volví con ello.
- Jony, querido, todos los martes los tenemos libres…
Nos reímos y fuimos a cenar fuera. No nos apetecía cocinar.
Aquella noche se me ocurrió algo para el día siguiente.
Llegué a casa cuando ya era de noche. Entré silbando en el salón, pero pronto se evaporó mi felicidad.
- ¿Qué haces tú aquí? –pregunté.
- Yo también me alegro de verte, cariño. –dijo Lydia mientras se acercaba a mí y me daba un beso en los labios.
- Creía que te había dejado las cosas claras… -dije apartándome de ella, sin disimular mi enfado.
- Todo fue un malentendido… Además, todas las parejas discuten, es algo normal. Pero yo ya lo he olvidado todo, ¿vale?
- Claro, ya te habrás olvidado hasta de cómo se llamaba el capullo con el que me pusiste los cuernos, porque desde entonces ya habrán pasado muchos más por tu cama. Más todos los que hubiera habido antes…
- Pero cariño… Yo no quería…
- ¡No me llames cariño! ¡Y lárgate de mi casa ya!
Se giró y miró a mis amigos, quienes parecían clavados al sillón. Sólo les faltaban las palomitas para disfrutar del espectáculo.
- ¿Nos dejáis a solas, por favor? –les preguntó con una sonrisa que entendieron rápidamente. –Marcos y yo tenemos que arreglar un asunto…
- Mis amigos no se van a ninguna parte. No eres nadie para decirles lo que deben hacer, y menos en su propia casa… Lárgate, Lydia.
- ¿No te estarás enamorando de la mosquita muerta a la que Aarón dio puerta hace tiempo? Lo que me faltaba…
- A ti lo que yo piense o sienta no te importa. Te lo digo por tercera y última vez. Vete de mi casa.
Abrí la puerta para que se fuera. Se acercó y, cuando estaba a punto de salir, me miró.
- Te aseguro que acabarás volviendo a mí… -dijo, haciendo evidente la amenaza en sus palabras.
Salió a la calle y la observé de pies a cabeza antes de cerrar.
Su pelo castaño totalmente liso caía hasta sus hombros, sin formar ni una sola onda y, respecto a su cuerpo, no tenía que envidiar a ninguna modelo. Era espectacular y ella lo sabía, por eso jugaba con todos los chicos a su antojo. Nunca había estado con alguien más de un día, pero pensé que al estar conmigo cambiaría, me engañé por completo. Intentaba no pensar en el número de chicos con los que habría estado mientras estábamos juntos…
- ¡Marcos, que me ha llamado el jefe y mañana nos da el día libre! –gritó Jonathan desde el salón.
Volví con ello.
- Jony, querido, todos los martes los tenemos libres…
Nos reímos y fuimos a cenar fuera. No nos apetecía cocinar.
Aquella noche se me ocurrió algo para el día siguiente.
viernes, 12 de febrero de 2010
Capítulo 26
*NATALIA*
Recordaba que había bebido y me había sentado, cansada de bailar, y Marcos me había pedido que me acercara a él.
Entonces hubo un pequeño salto en mi memoria y vi claramente lo que ocurrió. Yo estaba sentada encima de Marcos y nos estábamos besando sin parar. Él me acariciaba y yo le había desabrochado la camisa, y luego fuimos a una habitación.
De repente la película que se estaba proyectando en mi cerebro, rescatando recuerdos de una borrachera que había acabado en la habitación de Marcos, se terminó. Volvía a ver con los ojos, no con la memoria.
Me separé de Marcos lentamente, y me miró extrañado.
- ¿Qué ocurre? –me preguntó. -¿He hecho algo que te haya molestado?
- No, no es culpa tuya, tranquilo. –me obligué a mirarle a los ojos. –Es que, al estar tan cerca de ti, he recordado lo que ocurrió en la fiesta.
- Por tu reacción me parece que no me equivoqué al suponer lo que había pasado…
- Estaba bastante claro, la verdad. Pero lo he visto como si lo estuviera viviendo ahora mismo, con todo detalle.
Me di cuenta de que no me molestaba recordar aquella noche. Al contrario, me alegraba de poder acordarme de lo cerca que había estado de Marcos.
- Creo que deberíamos irnos a casa o empezarán a preocuparse. Además, la noche comienza a caer sobre la ciudad… -dije sin mucha convicción.
- No creo que se preocupen mucho por mí, pero bueno, vamos.
Nos levantamos del banco y salimos del parque. Caminamos en silencio durante todo el trayecto y no dije nada cuando vi que Marcos no se separaba de mí para tomar el camino hacia su casa.
Llegamos al edificio en el que se encontraba mi piso y entramos en el portal.
- Gracias por acompañarme. –le sonreí.
- No tienes que agradecerme nada. Ha sido un placer.
- ¿Quieres pasar?
- Me gustaría, pero creo que tienes razón, debería irme a casa. No saben estar sin mí.
Nos reímos y vi que poco a poco se acercaba a mí. Yo no se lo impedí, por lo que enseguida estuvimos unidos en un cálido abrazo.
- No quiero irme, pero le dije a Edu que no tardaría y llevo mucho tiempo fuera de casa. –me susurró al oído. –Pero por mí me quedaría así mucho tiempo. Pegado a ti.
Noté el calor llegando a mis mejillas y suspiré. Nos separamos poca distancia y me dio dos besos en las comisuras de los labios, rozándome con la perilla y dejándome con las ganas de un beso de verdad entre nosotros.
Se separó totalmente de mí y me mostró una sonrisa encantadora justo antes de salir del portal.
Subí los seis escalones que separaban la calle de mi casa y cuando entré me encontré a Ana sonriendo y a Sara interrogándome sin necesidad de pronunciar palabra alguna.
- Estábamos preocupadas por ti. –dijo Ana, sin poder disimular que habían estado cotilleando detrás de la puerta.
- Sí, seguro…
- Bueno, ¿nos vas a contar qué hacías con Marcos? ¿Ahora vas a por él? –Sara empezaba un interrogatorio del que únicamente me libraría un milagro.
- Esa sonrisa algo querrá decir… -comentó Ana.
Cuando le iba a contestar mi móvil comenzó a sonar. Era un número desconocido.
- ¿Diga?
Mi sonrisa desapareció enseguida, sin dejar apenas rastro.
Recordaba que había bebido y me había sentado, cansada de bailar, y Marcos me había pedido que me acercara a él.
Entonces hubo un pequeño salto en mi memoria y vi claramente lo que ocurrió. Yo estaba sentada encima de Marcos y nos estábamos besando sin parar. Él me acariciaba y yo le había desabrochado la camisa, y luego fuimos a una habitación.
De repente la película que se estaba proyectando en mi cerebro, rescatando recuerdos de una borrachera que había acabado en la habitación de Marcos, se terminó. Volvía a ver con los ojos, no con la memoria.
Me separé de Marcos lentamente, y me miró extrañado.
- ¿Qué ocurre? –me preguntó. -¿He hecho algo que te haya molestado?
- No, no es culpa tuya, tranquilo. –me obligué a mirarle a los ojos. –Es que, al estar tan cerca de ti, he recordado lo que ocurrió en la fiesta.
- Por tu reacción me parece que no me equivoqué al suponer lo que había pasado…
- Estaba bastante claro, la verdad. Pero lo he visto como si lo estuviera viviendo ahora mismo, con todo detalle.
Me di cuenta de que no me molestaba recordar aquella noche. Al contrario, me alegraba de poder acordarme de lo cerca que había estado de Marcos.
- Creo que deberíamos irnos a casa o empezarán a preocuparse. Además, la noche comienza a caer sobre la ciudad… -dije sin mucha convicción.
- No creo que se preocupen mucho por mí, pero bueno, vamos.
Nos levantamos del banco y salimos del parque. Caminamos en silencio durante todo el trayecto y no dije nada cuando vi que Marcos no se separaba de mí para tomar el camino hacia su casa.
Llegamos al edificio en el que se encontraba mi piso y entramos en el portal.
- Gracias por acompañarme. –le sonreí.
- No tienes que agradecerme nada. Ha sido un placer.
- ¿Quieres pasar?
- Me gustaría, pero creo que tienes razón, debería irme a casa. No saben estar sin mí.
Nos reímos y vi que poco a poco se acercaba a mí. Yo no se lo impedí, por lo que enseguida estuvimos unidos en un cálido abrazo.
- No quiero irme, pero le dije a Edu que no tardaría y llevo mucho tiempo fuera de casa. –me susurró al oído. –Pero por mí me quedaría así mucho tiempo. Pegado a ti.
Noté el calor llegando a mis mejillas y suspiré. Nos separamos poca distancia y me dio dos besos en las comisuras de los labios, rozándome con la perilla y dejándome con las ganas de un beso de verdad entre nosotros.
Se separó totalmente de mí y me mostró una sonrisa encantadora justo antes de salir del portal.
Subí los seis escalones que separaban la calle de mi casa y cuando entré me encontré a Ana sonriendo y a Sara interrogándome sin necesidad de pronunciar palabra alguna.
- Estábamos preocupadas por ti. –dijo Ana, sin poder disimular que habían estado cotilleando detrás de la puerta.
- Sí, seguro…
- Bueno, ¿nos vas a contar qué hacías con Marcos? ¿Ahora vas a por él? –Sara empezaba un interrogatorio del que únicamente me libraría un milagro.
- Esa sonrisa algo querrá decir… -comentó Ana.
Cuando le iba a contestar mi móvil comenzó a sonar. Era un número desconocido.
- ¿Diga?
Mi sonrisa desapareció enseguida, sin dejar apenas rastro.
lunes, 8 de febrero de 2010
Capítulo 25
*MARCOS*
Las siete y media de la tarde. Jonathan y yo salimos de trabajar y esperamos a Ana, Sara y Eduardo. A las ocho salieron y nos montamos todos en el coche; todos menos Jonathan, que tenía el suyo e iba para otro lado.
Dejé primero a las chicas en casa. Natalia no estaba. Después dejé a Eduardo y guardé el coche en el garaje.
- ¿Dónde vas? –me preguntó Edu, viendo que no tenía intención de entrar en casa.
- Me voy a dar una vuelta. ¿Te vienes?
Le había preguntado sólo por cortesía, pero esperaba que su respuesta fuera negativa, ya que mi intención era buscar a Natalia.
- No, me quedo aquí, voy a comer algo y a descansar un rato.
- Vale tío, luego nos vemos.
Empecé a caminar sin rumbo, no sabía dónde buscarla. Entonces se me ocurrió mirar en el parque.
Sí, estaba allí. Me acerqué sin hacer ruido para darla una sorpresa.
- Hola guapa.
Se giró y, a darse cuenta de quién era, sonrió como nunca la había visto sonreír.
Esa sonrisa me hizo pensar que había merecido la pena buscarla y sus labios me dieron ganas de besarla, pero no lo hice, no quería que se volviera a enfadar conmigo.
- Siéntate conmigo. –me dijo, palmeando el sitio que había a su derecha.
Me senté y la miré. En realidad desde que había llegado no había dejado de mirarla…
- ¿Es casualidad que nos encontremos o me estabas buscando?
- ¿Qué te gustaría que te respondiese? –pregunté, mirándola a los ojos.
- Quisiera saber la verdad… Me gustaría que me dijeras que me estabas buscando, pero tampoco estaría mal que fuera una coincidencia. Cosas del destino…
¿Me estaba diciendo que pensaba que estábamos destinados a encontrarnos? ¿Y que la gustaría que la buscase? Me alegró pensar eso, y mi sonrisa lo dejó claro.
- En verdad te buscaba. Tenía ganas de hablar contigo.
- ¿Sobre qué?
- Sobre cualquier cosa. Sólo quería verte.
Se acercó a mí y me abrazó. Le pasé un brazo por la cintura y apoyó la cabeza en mi hombro.
- ¿Y esto? –pregunté, sorprendido y encantado a la vez.
- Pues… Es que tengo frío.
Yo sabía que no era ésa la razón, al menos ésa era mi esperanza. No dije nada, únicamente disfruté del momento. Las ganas de besarla aumentaban por momentos…
*JONATHAN*
Al salir del trabajo me había marchado con el coche en la dirección opuesta a los demás. Quería ir a casa de Cristina para hablar con ella y que volviera conmigo.
Llegué a su casa y me abrió Lydia, quien se desilusionó al ver que no era Marcos. Me dijo que Cristina estaba en su habitación y recorrí el pasillo en aquella dirección. La puerta estaba cerrada, algo raro en ella.
Llamé a la puerta y no obtuve respuesta, por lo que abrí sin volver a llamar. Lo que vi hizo que comprendiera la razón por la que Cristina me había dejado. Estaba sin camiseta besándose con una chica que tampoco iba muy tapada.
El motivo de nuestra ruptura no había sido que yo no le gustase, sino que no la gustaban los hombres…
Me marché sin que se dieran cuenta de que había estado ahí. No me despedí de nadie, fui directo a mi coche.
Empecé a dar vueltas con el coche sin saber adónde ir y llegué cerca de la verja del parque, desde donde vi un chico y una chica abrazados en un banco. Entonces me di cuenta de que los conocía. Eran Marcos y Natalia.
- Qué suerte tienes, tío… Aprovecha estos momentos y no la dejes escapar. Es una buena chica aunque Aarón no se dé cuenta… Ahora es más tuya que suya.
Y me marché a casa, a hacer compañía a Eduardo, quien supuse que estaría solo.
*NATALIA*
En realidad no tenía frío, pero no quería que supiera lo bien que me encontraba en aquel momento, tan cerca de él. Tal vez fuera una especie de experimento, quería comprobar qué sentía junto a él, y estaba disfrutando de la experiencia.
Mi cabeza estaba apoyada en su hombro, y su cabeza en la mía. Nuestros rostros estaban separados por escasos centímetros y sentía su respiración sobre mi piel.
Entonces recordé algo.
*EDUARDO*
Oí un coche aparcando en el garaje. Pensé que sería Marcos, sin acordarme de que el suyo ya estaba aparcado, y quien entró fue Jonathan.
- ¿No estabas con Cristina? –le pregunté cuando se sentó.
- ¿Tú cómo sabes que iba allí?
- Me lo ha dicho Marcos, que lo has comentado mientras trabajabais. ¿Qué ha ocurrido?
- He ido hasta su casa, he entrado en su habitación y se estaba liando con una.
- Creo que te has equivocado. Querrás decir con uno. –dije, marcando bien la o.
- Sé perfectamente lo que he dicho, Edu, no me he equivocado. Se estaba liando con una chica.
- ¿Estaría borracha?
- No, no lo estaba…
- ¿Y quién era la otra chica?
- No lo sé, no la he visto bien….
Las siete y media de la tarde. Jonathan y yo salimos de trabajar y esperamos a Ana, Sara y Eduardo. A las ocho salieron y nos montamos todos en el coche; todos menos Jonathan, que tenía el suyo e iba para otro lado.
Dejé primero a las chicas en casa. Natalia no estaba. Después dejé a Eduardo y guardé el coche en el garaje.
- ¿Dónde vas? –me preguntó Edu, viendo que no tenía intención de entrar en casa.
- Me voy a dar una vuelta. ¿Te vienes?
Le había preguntado sólo por cortesía, pero esperaba que su respuesta fuera negativa, ya que mi intención era buscar a Natalia.
- No, me quedo aquí, voy a comer algo y a descansar un rato.
- Vale tío, luego nos vemos.
Empecé a caminar sin rumbo, no sabía dónde buscarla. Entonces se me ocurrió mirar en el parque.
Sí, estaba allí. Me acerqué sin hacer ruido para darla una sorpresa.
- Hola guapa.
Se giró y, a darse cuenta de quién era, sonrió como nunca la había visto sonreír.
Esa sonrisa me hizo pensar que había merecido la pena buscarla y sus labios me dieron ganas de besarla, pero no lo hice, no quería que se volviera a enfadar conmigo.
- Siéntate conmigo. –me dijo, palmeando el sitio que había a su derecha.
Me senté y la miré. En realidad desde que había llegado no había dejado de mirarla…
- ¿Es casualidad que nos encontremos o me estabas buscando?
- ¿Qué te gustaría que te respondiese? –pregunté, mirándola a los ojos.
- Quisiera saber la verdad… Me gustaría que me dijeras que me estabas buscando, pero tampoco estaría mal que fuera una coincidencia. Cosas del destino…
¿Me estaba diciendo que pensaba que estábamos destinados a encontrarnos? ¿Y que la gustaría que la buscase? Me alegró pensar eso, y mi sonrisa lo dejó claro.
- En verdad te buscaba. Tenía ganas de hablar contigo.
- ¿Sobre qué?
- Sobre cualquier cosa. Sólo quería verte.
Se acercó a mí y me abrazó. Le pasé un brazo por la cintura y apoyó la cabeza en mi hombro.
- ¿Y esto? –pregunté, sorprendido y encantado a la vez.
- Pues… Es que tengo frío.
Yo sabía que no era ésa la razón, al menos ésa era mi esperanza. No dije nada, únicamente disfruté del momento. Las ganas de besarla aumentaban por momentos…
*JONATHAN*
Al salir del trabajo me había marchado con el coche en la dirección opuesta a los demás. Quería ir a casa de Cristina para hablar con ella y que volviera conmigo.
Llegué a su casa y me abrió Lydia, quien se desilusionó al ver que no era Marcos. Me dijo que Cristina estaba en su habitación y recorrí el pasillo en aquella dirección. La puerta estaba cerrada, algo raro en ella.
Llamé a la puerta y no obtuve respuesta, por lo que abrí sin volver a llamar. Lo que vi hizo que comprendiera la razón por la que Cristina me había dejado. Estaba sin camiseta besándose con una chica que tampoco iba muy tapada.
El motivo de nuestra ruptura no había sido que yo no le gustase, sino que no la gustaban los hombres…
Me marché sin que se dieran cuenta de que había estado ahí. No me despedí de nadie, fui directo a mi coche.
Empecé a dar vueltas con el coche sin saber adónde ir y llegué cerca de la verja del parque, desde donde vi un chico y una chica abrazados en un banco. Entonces me di cuenta de que los conocía. Eran Marcos y Natalia.
- Qué suerte tienes, tío… Aprovecha estos momentos y no la dejes escapar. Es una buena chica aunque Aarón no se dé cuenta… Ahora es más tuya que suya.
Y me marché a casa, a hacer compañía a Eduardo, quien supuse que estaría solo.
*NATALIA*
En realidad no tenía frío, pero no quería que supiera lo bien que me encontraba en aquel momento, tan cerca de él. Tal vez fuera una especie de experimento, quería comprobar qué sentía junto a él, y estaba disfrutando de la experiencia.
Mi cabeza estaba apoyada en su hombro, y su cabeza en la mía. Nuestros rostros estaban separados por escasos centímetros y sentía su respiración sobre mi piel.
Entonces recordé algo.
*EDUARDO*
Oí un coche aparcando en el garaje. Pensé que sería Marcos, sin acordarme de que el suyo ya estaba aparcado, y quien entró fue Jonathan.
- ¿No estabas con Cristina? –le pregunté cuando se sentó.
- ¿Tú cómo sabes que iba allí?
- Me lo ha dicho Marcos, que lo has comentado mientras trabajabais. ¿Qué ha ocurrido?
- He ido hasta su casa, he entrado en su habitación y se estaba liando con una.
- Creo que te has equivocado. Querrás decir con uno. –dije, marcando bien la o.
- Sé perfectamente lo que he dicho, Edu, no me he equivocado. Se estaba liando con una chica.
- ¿Estaría borracha?
- No, no lo estaba…
- ¿Y quién era la otra chica?
- No lo sé, no la he visto bien….
sábado, 6 de febrero de 2010
Capítulo 24
*ANABEL*
Mi madre había venido unos días de visita y se había quedado en mi casa, acaparándolo todo. Por fortuna su novio no la había acompañado. Llevaban juntos casi seis años, pero compartían piso desde hacía cuatro, que era cuando mi madre me había dejado de dar dinero. Hasta entonces yo era una niña mimada y consentida, pero al irse mi madre con él me había tenido que buscar la vida. Lo que antes tenía con sólo decírselo a ella, me lo tenía que pagar con el poco dinero que ganaba como niñera años atrás, pues a los catorce años no podía aspirar a mucho más. A los diecisiete habíamos discutido y me había echado de casa, por lo que me fui a Madrid a vivir, y es cuando conocí a Verónica y a Aarón.
Poco tiempo después, antes de empezar segundo de bachillerato, llegaron Lydia, Cristina y Ruth, amigas mías de Barcelona, donde vivía antes. De nuevo fuimos juntas a clase, y, aunque Verónica era dos años menos que nosotras, íbamos siempre con ella. Pronto mis amigas se fueron acercando más a Verónica y distanciándose de mí. Ella las comía el coco. Siempre me habían seguido a mí, pero desde entonces obedecían en todo a la hermana de Natalia, y, aunque lo negaban, iban todas a por mí… Por las tardes, mientras yo trabajaba, ellas salían juntas, y cuando podía salir con ellas, apenas me hacían caso. Al terminar el instituto su amistad se reforzó, y también salían por las mañanas, y yo, mientras tanto, trabajaba…
- ¿Anabel?
- Estoy aquí, mamá. En el salón.
Mi madre apareció por el pasillo y se quedó en la puerta, mirándome.
- ¿Hoy no trabajas? –me preguntó.
- No, hoy es mi día libre.
- Siempre has sido una vaga… Venga, vámonos de compras.
- Pero, mamá…
- ¡Ni pero ni pera! ¡He dicho que vamos de compras! Ah, y pagas tú…
- ¡Mamá! No tengo dinero casi ni para pagar el piso y el coche…
- Siempre te he dado todo lo que has querido y te he concedido todos tus caprichos. Voy a estar un par de días aquí, lo mínimo que podrías hacer sería llevar a tu madre de compras.
Y no me dejó opción de decir nada más. Cogió los abrigos y los bolsos y me tendió lo mío, esperándome.
Nos fuimos de compras y no volvimos hasta la una, con las manos llenas de bolsas de ropa. La verdad era que me lo había pasado muy bien. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan unida a mi madre.
- ¿Y cuándo dices que te vas?
- ¿Ya quieres que me vaya o qué?
- No, no es eso… Sólo es por hablar de algo.
- Ya, bueno… Pues me iré el jueves probablemente. No quiero dejar solo a Juan mucho tiempo…
- Eh… ¿Quién es Juan?
- ¡Pero bueno! Llevo toda la mañana hablándote de él. Ya veo lo que me escuchas… Juan es mi novio, el hombre con el que llevo viviendo cuatro años, tú le conociste hasta que te viniste el año pasado aquí.
- Ah, vale. No me acordaba de su nombre.
Juan era un hombre divorciado que, en sus múltiples viajes de trabajo a Barcelona, se había enamorado de mi madre hasta el punto de irse a vivir a Barcelona por ella. Seguramente mi madre me había contado dónde vivía antes, pero yo no lo recordaba, sólo sabía que no era de Barcelona.
*NATALIA*
Comí sola. Ana y Sara comían cerca del trabajo, para no tener que ir y volver todo el tiempo. Marcos no podía traerlas, pues también trabajaba por la tarde, así que comían juntos.
Por la tarde me puse a ver una película que echaban en la televisión y que ni siquiera sabía de qué iba, de lo que tampoco me enteré después de verla.
Cuando se acabó la película decidí ir a dar una vuelta.
Después de un rato paseando llegué al parque y entré. Me senté en un banco cualquiera y observé a los niños jugando. Tres niñas saltaban a la comba mientras tres niños dejaban de jugar al fútbol para mirarlas. De vez en cuando pasaba un grupo cerca de mí, jugando a pillarse.
Por otro lado una niña se columpiaba y un niño bajaba por el tobogán y, justo al lado, un niño y una niña hacían un castillo de arena.
Sonreí recordando mis tardes en el parque junto a Aarón, pero pronto esos recuerdos empezaron a mezclarse con imágenes de Marcos e imágenes de nosotros besándonos. ¿Estaba recordando la noche de la fiesta o sólo era mi imaginación, que inventaba momentos con Marcos para competir con los momentos con Aarón? Yo seguía enamorada de Aarón, no podía negarlo, pero él… No tenía claro qué sentía él por mí. Cuando había vuelto se había enfadado restregándome en la cara que tenía novia, y luego se enfadaba tras haberme visto con Marcos, recordándome lo que yo le había dicho, palabra por palabra, sin fallas ni una… “Quería volver al pasado, a la parte en la que estábamos juntos” Se acordaba completamente…
Por otra parte estaba Marcos, que tampoco tenía claro qué sentía por mí. Tal vez él lo tuviera claro, pero yo no. Además, yo comenzaba a mirarle con otros ojos, sentía algo al verle, pero ¿se puede estar enamorado de dos personas a la vez? ¿Era amor lo que sentía por Marcos?
Mi madre había venido unos días de visita y se había quedado en mi casa, acaparándolo todo. Por fortuna su novio no la había acompañado. Llevaban juntos casi seis años, pero compartían piso desde hacía cuatro, que era cuando mi madre me había dejado de dar dinero. Hasta entonces yo era una niña mimada y consentida, pero al irse mi madre con él me había tenido que buscar la vida. Lo que antes tenía con sólo decírselo a ella, me lo tenía que pagar con el poco dinero que ganaba como niñera años atrás, pues a los catorce años no podía aspirar a mucho más. A los diecisiete habíamos discutido y me había echado de casa, por lo que me fui a Madrid a vivir, y es cuando conocí a Verónica y a Aarón.
Poco tiempo después, antes de empezar segundo de bachillerato, llegaron Lydia, Cristina y Ruth, amigas mías de Barcelona, donde vivía antes. De nuevo fuimos juntas a clase, y, aunque Verónica era dos años menos que nosotras, íbamos siempre con ella. Pronto mis amigas se fueron acercando más a Verónica y distanciándose de mí. Ella las comía el coco. Siempre me habían seguido a mí, pero desde entonces obedecían en todo a la hermana de Natalia, y, aunque lo negaban, iban todas a por mí… Por las tardes, mientras yo trabajaba, ellas salían juntas, y cuando podía salir con ellas, apenas me hacían caso. Al terminar el instituto su amistad se reforzó, y también salían por las mañanas, y yo, mientras tanto, trabajaba…
- ¿Anabel?
- Estoy aquí, mamá. En el salón.
Mi madre apareció por el pasillo y se quedó en la puerta, mirándome.
- ¿Hoy no trabajas? –me preguntó.
- No, hoy es mi día libre.
- Siempre has sido una vaga… Venga, vámonos de compras.
- Pero, mamá…
- ¡Ni pero ni pera! ¡He dicho que vamos de compras! Ah, y pagas tú…
- ¡Mamá! No tengo dinero casi ni para pagar el piso y el coche…
- Siempre te he dado todo lo que has querido y te he concedido todos tus caprichos. Voy a estar un par de días aquí, lo mínimo que podrías hacer sería llevar a tu madre de compras.
Y no me dejó opción de decir nada más. Cogió los abrigos y los bolsos y me tendió lo mío, esperándome.
Nos fuimos de compras y no volvimos hasta la una, con las manos llenas de bolsas de ropa. La verdad era que me lo había pasado muy bien. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan unida a mi madre.
- ¿Y cuándo dices que te vas?
- ¿Ya quieres que me vaya o qué?
- No, no es eso… Sólo es por hablar de algo.
- Ya, bueno… Pues me iré el jueves probablemente. No quiero dejar solo a Juan mucho tiempo…
- Eh… ¿Quién es Juan?
- ¡Pero bueno! Llevo toda la mañana hablándote de él. Ya veo lo que me escuchas… Juan es mi novio, el hombre con el que llevo viviendo cuatro años, tú le conociste hasta que te viniste el año pasado aquí.
- Ah, vale. No me acordaba de su nombre.
Juan era un hombre divorciado que, en sus múltiples viajes de trabajo a Barcelona, se había enamorado de mi madre hasta el punto de irse a vivir a Barcelona por ella. Seguramente mi madre me había contado dónde vivía antes, pero yo no lo recordaba, sólo sabía que no era de Barcelona.
*NATALIA*
Comí sola. Ana y Sara comían cerca del trabajo, para no tener que ir y volver todo el tiempo. Marcos no podía traerlas, pues también trabajaba por la tarde, así que comían juntos.
Por la tarde me puse a ver una película que echaban en la televisión y que ni siquiera sabía de qué iba, de lo que tampoco me enteré después de verla.
Cuando se acabó la película decidí ir a dar una vuelta.
Después de un rato paseando llegué al parque y entré. Me senté en un banco cualquiera y observé a los niños jugando. Tres niñas saltaban a la comba mientras tres niños dejaban de jugar al fútbol para mirarlas. De vez en cuando pasaba un grupo cerca de mí, jugando a pillarse.
Por otro lado una niña se columpiaba y un niño bajaba por el tobogán y, justo al lado, un niño y una niña hacían un castillo de arena.
Sonreí recordando mis tardes en el parque junto a Aarón, pero pronto esos recuerdos empezaron a mezclarse con imágenes de Marcos e imágenes de nosotros besándonos. ¿Estaba recordando la noche de la fiesta o sólo era mi imaginación, que inventaba momentos con Marcos para competir con los momentos con Aarón? Yo seguía enamorada de Aarón, no podía negarlo, pero él… No tenía claro qué sentía él por mí. Cuando había vuelto se había enfadado restregándome en la cara que tenía novia, y luego se enfadaba tras haberme visto con Marcos, recordándome lo que yo le había dicho, palabra por palabra, sin fallas ni una… “Quería volver al pasado, a la parte en la que estábamos juntos” Se acordaba completamente…
Por otra parte estaba Marcos, que tampoco tenía claro qué sentía por mí. Tal vez él lo tuviera claro, pero yo no. Además, yo comenzaba a mirarle con otros ojos, sentía algo al verle, pero ¿se puede estar enamorado de dos personas a la vez? ¿Era amor lo que sentía por Marcos?
Capítulo 23
*MARCOS*
No volví a salir de mi habitación en lo que quedaba de día. Aarón se había quedado a comer y no tenía ganas de verle mirándome por encima del hombro, creyéndose superior a mí, y no quería volver a discutir con él, o la cosa terminaría muy mal.
Había dejado el sujetador de Natalia encima de mi mesilla, y no dejaba de observarlo, intentando recordar la noche anterior. Mi memoria llegaba hasta el momento en el que estábamos bailando juntos, pero a partir de ahí todo estaba borroso…
“Maldito alcohol… Aunque, en realidad, gracias a él hubo algo entre Natalia y yo, algo que de otra forma no habría conseguido… Bueno, pero, ¿de qué sirve si no puedo recordarlo?”
Me tiré en la cama y por lo visto me dormí, ya que cuando me quise dar cuenta estaba amaneciendo. Me acerqué a la ventana para observar aquella maravilla. Recordé la primera vez que lo vi y sonreí.
Me vestí y salí de casa. Cogí el coche y fui a ver a Natalia.
Llamé una sola vez y enseguida me abrió. Estaba guapa hasta en pijama.
- ¿Te he despertado?
- No, estaba viendo el amanecer.
Entramos y fuimos a su habitación. Nos sentamos en su cama.
- Te traigo algo…
Se lo di y se sonrojó. Estaba verdaderamente hermosa cuando se sonrojaba.
- Gracias… -y enseguida se lo guardó. –no lo encontré cuando busqué mi ropa en tu habitación…
- Lo encontré debajo de la cama…
Estuvimos un rato en silencio, un silencio algo incómodo. Parecía que quería decir algo, pero le costaba.
- Marcos… -dijo al fin –siento haberme puesto así ayer. No te tenía que haber gritado… Si no hubiera bebido tanto no habría pasado nada. Yo sola me lo busqué.
- No te preocupes, la culpa fue mía, por hacerme ilusiones. Tenía que haberlo dejado correr.
- Pero…
- Es igual, no importa. Me tengo que ir. Ya nos veremos.
- ¿Tan pronto?
- Algunos trabajamos. –le sonreí -¿Cómo te crees que pagamos la casa?
- Claro… ¿Y en qué trabajas?
- En una tienda de ordenadores. Vendemos productos y además arreglamos equipos. Jonathan trabaja en el mismo lugar que yo… Por cierto, tus amigas también se tendrán que ir al curro dentro de un rato… Porque, aunque no lo parezca, ellas también trabajan, pero dio la casualidad de que las dieron las vacaciones a la vez.
- Sí, lo sé. ¿Y por qué sabes tanto de mis amigas?
- Íbamos juntos a clase. ¿No te lo han dicho?
- Sí, me lo han dicho, pero para saber lo de las vacaciones y todo eso…
Me reí. Su cara de susto me hizo pensar que creía que vigilaba a sus amigas.
- Nos llevamos bastante bien. A veces hablábamos, pero cuando empezamos a salir con las amigas de Anabel nos distanciamos un poco… Pero ahora queremos volver a tener contacto.
Miré el reloj. Si no me marchaba enseguida, llegaría tarde, pero estaba tan bien con ella…
- Anda, vete ya… -dijo, adivinando lo que me preocupaba. –Ya hablaremos en otro momento.
Y, antes de que pudiera decir o hacer algo, me dio un gran abrazo, que yo la devolví de buena gana.
- Venga, tortolitos, que ya es tarde. –dijo Sara, que estaba en medio del pasillo. –Marcos, ¿nos llevas en el coche?
- Claro, vamos. Adiós Natalia.
- Adiós a todos.
*NATALIA*
Me quedé sola, otra vez. El lugar de trabajo de Marcos, el de Ana y el de Sara estaban muy cerca, y se habían ido juntos.
Ana trabajaba en una guardería y estaba muy ilusionada, la encantaban los niños. Iba a ser una buena madre…
Sara era librera a unos metros de la guardería. La librería pertenecía a los padres de Eduardo, y él también trabajaba allí.
Era una casualidad que todos trabajasen tan cerca, lo que hacía que se llevasen mejor. Los únicos que faltaban eran Anabel y Aarón, y las amigas de ella.
Aarón no trabajaba, su madre tenía un gran negocio en el mundo de la moda y mucho dinero, y le pagaba todos sus caprichos. Anabel, por el contrario, estaba pluriempleada. Por las mañanas era cajera en un supermercado y por las tardes, a veces noches, trabajaba de camarera en un restaurante, ya que vivía sola y no tenía otro remedio para pagar el piso. Su madre vivía en Barcelona y a su padre no le conocía, al menos eso me habían contado Ana y Sara en nuestras tardes de cotilleos.
Conocía las vidas de todos ellos casi tan bien como la mía.
- Dios mío, esto no es vida… Creo que debería buscarme un trabajo, aunque no tenga problemas para pagar el piso, pero necesito hacer algo para entretenerme, no puedo seguir así.
Era consciente de que estaba hablando sola, pero me daba igual, no había nadie que pudiera tomarme por loca, ni siquiera había otro ser vivo en el piso.
- Deberíamos comprar un perro o algo…
El reloj marcaba las nueve, y la iglesia que había cerca comenzó a dar las campanadas.
Como seguía sin ocurrírseme qué hacer, desayuné, me vestí y decidí ir a hacer la compra, ya que no teníamos nada en la nevera.
- Menudo lunes me espera… -dije mientras salía de casa.
No volví a salir de mi habitación en lo que quedaba de día. Aarón se había quedado a comer y no tenía ganas de verle mirándome por encima del hombro, creyéndose superior a mí, y no quería volver a discutir con él, o la cosa terminaría muy mal.
Había dejado el sujetador de Natalia encima de mi mesilla, y no dejaba de observarlo, intentando recordar la noche anterior. Mi memoria llegaba hasta el momento en el que estábamos bailando juntos, pero a partir de ahí todo estaba borroso…
“Maldito alcohol… Aunque, en realidad, gracias a él hubo algo entre Natalia y yo, algo que de otra forma no habría conseguido… Bueno, pero, ¿de qué sirve si no puedo recordarlo?”
Me tiré en la cama y por lo visto me dormí, ya que cuando me quise dar cuenta estaba amaneciendo. Me acerqué a la ventana para observar aquella maravilla. Recordé la primera vez que lo vi y sonreí.
Me vestí y salí de casa. Cogí el coche y fui a ver a Natalia.
Llamé una sola vez y enseguida me abrió. Estaba guapa hasta en pijama.
- ¿Te he despertado?
- No, estaba viendo el amanecer.
Entramos y fuimos a su habitación. Nos sentamos en su cama.
- Te traigo algo…
Se lo di y se sonrojó. Estaba verdaderamente hermosa cuando se sonrojaba.
- Gracias… -y enseguida se lo guardó. –no lo encontré cuando busqué mi ropa en tu habitación…
- Lo encontré debajo de la cama…
Estuvimos un rato en silencio, un silencio algo incómodo. Parecía que quería decir algo, pero le costaba.
- Marcos… -dijo al fin –siento haberme puesto así ayer. No te tenía que haber gritado… Si no hubiera bebido tanto no habría pasado nada. Yo sola me lo busqué.
- No te preocupes, la culpa fue mía, por hacerme ilusiones. Tenía que haberlo dejado correr.
- Pero…
- Es igual, no importa. Me tengo que ir. Ya nos veremos.
- ¿Tan pronto?
- Algunos trabajamos. –le sonreí -¿Cómo te crees que pagamos la casa?
- Claro… ¿Y en qué trabajas?
- En una tienda de ordenadores. Vendemos productos y además arreglamos equipos. Jonathan trabaja en el mismo lugar que yo… Por cierto, tus amigas también se tendrán que ir al curro dentro de un rato… Porque, aunque no lo parezca, ellas también trabajan, pero dio la casualidad de que las dieron las vacaciones a la vez.
- Sí, lo sé. ¿Y por qué sabes tanto de mis amigas?
- Íbamos juntos a clase. ¿No te lo han dicho?
- Sí, me lo han dicho, pero para saber lo de las vacaciones y todo eso…
Me reí. Su cara de susto me hizo pensar que creía que vigilaba a sus amigas.
- Nos llevamos bastante bien. A veces hablábamos, pero cuando empezamos a salir con las amigas de Anabel nos distanciamos un poco… Pero ahora queremos volver a tener contacto.
Miré el reloj. Si no me marchaba enseguida, llegaría tarde, pero estaba tan bien con ella…
- Anda, vete ya… -dijo, adivinando lo que me preocupaba. –Ya hablaremos en otro momento.
Y, antes de que pudiera decir o hacer algo, me dio un gran abrazo, que yo la devolví de buena gana.
- Venga, tortolitos, que ya es tarde. –dijo Sara, que estaba en medio del pasillo. –Marcos, ¿nos llevas en el coche?
- Claro, vamos. Adiós Natalia.
- Adiós a todos.
*NATALIA*
Me quedé sola, otra vez. El lugar de trabajo de Marcos, el de Ana y el de Sara estaban muy cerca, y se habían ido juntos.
Ana trabajaba en una guardería y estaba muy ilusionada, la encantaban los niños. Iba a ser una buena madre…
Sara era librera a unos metros de la guardería. La librería pertenecía a los padres de Eduardo, y él también trabajaba allí.
Era una casualidad que todos trabajasen tan cerca, lo que hacía que se llevasen mejor. Los únicos que faltaban eran Anabel y Aarón, y las amigas de ella.
Aarón no trabajaba, su madre tenía un gran negocio en el mundo de la moda y mucho dinero, y le pagaba todos sus caprichos. Anabel, por el contrario, estaba pluriempleada. Por las mañanas era cajera en un supermercado y por las tardes, a veces noches, trabajaba de camarera en un restaurante, ya que vivía sola y no tenía otro remedio para pagar el piso. Su madre vivía en Barcelona y a su padre no le conocía, al menos eso me habían contado Ana y Sara en nuestras tardes de cotilleos.
Conocía las vidas de todos ellos casi tan bien como la mía.
- Dios mío, esto no es vida… Creo que debería buscarme un trabajo, aunque no tenga problemas para pagar el piso, pero necesito hacer algo para entretenerme, no puedo seguir así.
Era consciente de que estaba hablando sola, pero me daba igual, no había nadie que pudiera tomarme por loca, ni siquiera había otro ser vivo en el piso.
- Deberíamos comprar un perro o algo…
El reloj marcaba las nueve, y la iglesia que había cerca comenzó a dar las campanadas.
Como seguía sin ocurrírseme qué hacer, desayuné, me vestí y decidí ir a hacer la compra, ya que no teníamos nada en la nevera.
- Menudo lunes me espera… -dije mientras salía de casa.
Capítulo 22
*NATALIA*
- ¿Natalia?
Abrí los ojos. Me había quedado dormida y Ana y Sara ya habían vuelto.
- Estoy aquí. –grité desde la cama.
Entraron y me mostraron lo que llevaban en una bolsa. Mi abrigo.
- Gracias, no quería tener que ir a buscarlo. ¿Y lo otro?
- No lo hemos encontrado, lo siento. –dijo Ana.
- En realidad no lo hemos buscado. No hemos entrado en la habitación de Marcos. –confesó Sara.
- Pues yo no pienso ir. Si lo encuentra que se lo quede.
- Claro, como recuerdo… -oí que decía Sara mientras se reía.
*ANABEL*
Se lo iba a decir todo a Verónica. Tenía que saber lo que había hecho.
- Quería habértelo contado antes, pero no tenía valor.
- ¿Qué le has hecho a Marcos?
- ¿A Marcos? Nada. Pero a su mejor amigo le he hecho mucho daño.
- ¿Su mejor amigo no es Aarón?
- Sí. No sé si recuerdas que te dije que lo único que sentía por él era preocupación…
- Sí, me acuerdo. ¿Y qué? Yo también me preocupé por lo que le había pasado. –me interrumpió, sin saber aún qué quería contarle.
- Lo sentía, sobre todo, porque lo que pasó fue culpa mía. –su cara era una interrogación- ¡A ver, Verónica, que quien le atropelló fui yo!
- ¿¡Qué!? ¿Cómo que…? Pero… ¿Y se lo has contado a Marcos?
- ¡No! ¿Cómo se lo voy a haber contado? Ni siquiera sé si es por eso por lo que está enfadado conmigo. Cuando fui a ver a Aarón al hospital le noté raro, me hacía demasiadas preguntas sobre mi coche… Creo que me reconoció al volante.
- Pero, ¿por qué te fuiste? Fue un accidente, ¿no? Podías haber bajado del coche y quedarte con él, y llamar a una ambulancia… ¿Sabes que puedes ir a la cárcel por atropello y fuga? Le podías haber matado, ¿no te das cuenta?
- Lo sé, lo sé. Es que acababa de salir de la casa de un chico al que ellos conocen, y puede que me vieran cuando salí.
- ¿Y qué? ¿Y ése es un motivo para abandonar a tu novio en medio de la carretera? ¿Quién es ese chico?
- ¡ese chico es con quien le llevo poniendo los cuernos a mi novio desde que empezamos a salir!
- ¿¡QUÉ!?
Mi móvil empezó a sonar. Descolgué sin mirar el número, una mala costumbre.
- ¿Diga? –aquella voz empezó a decir cosas que apenas entendí, pero supe quién era y dónde estaba- enseguida estoy allí.
La persona que me había llamado colgó sin darme tiempo ni de despedirme.
- Me tengo que ir, Verónica. Mi madre está aquí.
Me marché dejándola sin poder reaccionar, asimilando aún las últimas palabras de nuestra conversación.
- ¿Natalia?
Abrí los ojos. Me había quedado dormida y Ana y Sara ya habían vuelto.
- Estoy aquí. –grité desde la cama.
Entraron y me mostraron lo que llevaban en una bolsa. Mi abrigo.
- Gracias, no quería tener que ir a buscarlo. ¿Y lo otro?
- No lo hemos encontrado, lo siento. –dijo Ana.
- En realidad no lo hemos buscado. No hemos entrado en la habitación de Marcos. –confesó Sara.
- Pues yo no pienso ir. Si lo encuentra que se lo quede.
- Claro, como recuerdo… -oí que decía Sara mientras se reía.
*ANABEL*
Se lo iba a decir todo a Verónica. Tenía que saber lo que había hecho.
- Quería habértelo contado antes, pero no tenía valor.
- ¿Qué le has hecho a Marcos?
- ¿A Marcos? Nada. Pero a su mejor amigo le he hecho mucho daño.
- ¿Su mejor amigo no es Aarón?
- Sí. No sé si recuerdas que te dije que lo único que sentía por él era preocupación…
- Sí, me acuerdo. ¿Y qué? Yo también me preocupé por lo que le había pasado. –me interrumpió, sin saber aún qué quería contarle.
- Lo sentía, sobre todo, porque lo que pasó fue culpa mía. –su cara era una interrogación- ¡A ver, Verónica, que quien le atropelló fui yo!
- ¿¡Qué!? ¿Cómo que…? Pero… ¿Y se lo has contado a Marcos?
- ¡No! ¿Cómo se lo voy a haber contado? Ni siquiera sé si es por eso por lo que está enfadado conmigo. Cuando fui a ver a Aarón al hospital le noté raro, me hacía demasiadas preguntas sobre mi coche… Creo que me reconoció al volante.
- Pero, ¿por qué te fuiste? Fue un accidente, ¿no? Podías haber bajado del coche y quedarte con él, y llamar a una ambulancia… ¿Sabes que puedes ir a la cárcel por atropello y fuga? Le podías haber matado, ¿no te das cuenta?
- Lo sé, lo sé. Es que acababa de salir de la casa de un chico al que ellos conocen, y puede que me vieran cuando salí.
- ¿Y qué? ¿Y ése es un motivo para abandonar a tu novio en medio de la carretera? ¿Quién es ese chico?
- ¡ese chico es con quien le llevo poniendo los cuernos a mi novio desde que empezamos a salir!
- ¿¡QUÉ!?
Mi móvil empezó a sonar. Descolgué sin mirar el número, una mala costumbre.
- ¿Diga? –aquella voz empezó a decir cosas que apenas entendí, pero supe quién era y dónde estaba- enseguida estoy allí.
La persona que me había llamado colgó sin darme tiempo ni de despedirme.
- Me tengo que ir, Verónica. Mi madre está aquí.
Me marché dejándola sin poder reaccionar, asimilando aún las últimas palabras de nuestra conversación.
martes, 2 de febrero de 2010
Capítulo 21
*VERÓNICA*
Me había levantado pronto, demasiado pronto para ser domingo, y no tenía nada que hacer. Llevaba toda la mañana dando vueltas por la casa y, de pronto, me acordé de algo.
Cogí el móvil y llamé a Anabel, que tardó en responder.
- ¿Diga?
- ¿Anabel? Soy Verónica.
- ¡Ah, dime! Es que ni siquiera he mirado el número…
- ¿Nos podemos ver?
- ¿Ahora? Vale, ¿en diez minutos te paso a recoger?
- Sí, vale. Hasta ahora.
Colgué.
Mientras esperaba que viniera a buscarme, recordé la conversación que habíamos tenido hacía casi tres semanas, cuando mi hermana aún estaba en el hospital.
*Dos semanas y media antes*
- ¡Vale, os lo voy a contar!
Guardaron silencio esperando oír mi historia, el motivo por el que no quería que Natalia y Aarón estuvieran juntos.
- Cuando me vine a vivir aquí echaba mucho de menos a mi hermana, y esperaba con impaciencia las vacaciones para estar con ella pero, a medida que pasaba el tiempo, me fui dando cuenta de las cosas. Cada vez que faltaban pocos días para que Natalia volviera aquí, mi madre y mi abuela no hablaban de otra cosa, sólo querían ver su niña mayor… Un tiempo después, cuando ya iba al colegio, conocí a un niño que me pareció muy simpático, y tenía el encanto propio de los niños mayores, esos en los que siempre nos hemos fijado justo por eso, por ser mayores. Intentaba acercarme a él y hablábamos algunas veces, pero yo notaba algo raro. Las siguientes vacaciones me di cuenta cuando le vi junto a mi hermana en el parque… Sí, ese niño que me gustaba era Aarón.
Paré de hablar un momento, mientras ellas asimilaban lo que yo acababa de contar, y continué.
- El día que Natalia discutió con mi madre y dijo que no volvería, me alegré. Pensé que, al no estar ella, mi madre me haría más caso, pero me equivoqué. Desde entonces no dejaba de lamentarse por la marcha de su hija mayor, sintiéndose culpable de toda su desdicha. Pero la ausencia de Natalia no se notó únicamente en mi casa. Aarón no dejaba de hablar de ella y yo no sabía qué hacer para sacársela de la cabeza. Nunca se fijó en mí, y nunca se dio cuenta de lo que sentía por él. Pero cuando llegaste tú, Anabel, tuve una idea. ¿Qué chico en su sano juicio se resistiría a una rubia como tú? Aunque sólo fuese para olvidarse de mi hermana, Aarón se dejó seducir por ti y, aunque siguiese sin fijarse en mí, si a Natalia se la ocurría volver, le vería contigo y se daría cuenta de que ya no tenía posibilidades con él. Y, mientras tú estés con él, ella no se acercará…
*Vuelta al presente*
Cuando el timbre sonó, dejé de recordar las explicaciones que les había dado a mis amigas.
Salí y Anabel y yo fuimos a dar una vuelta.
- ¿De qué querías hablar? –me preguntó.
- ¿Tú sabes algo de una fiesta que hubo ayer en casa de los amigos de Aarón?
- Primera noticia que tengo…
- ¿No te han dicho nada? Era una fiesta para celebrar que tu novio ya está bien.
- Pues no sabía nada. No me invitaron. Supongo que sería sólo entre sus amigos y él.
- ¿Desde cuándo mi hermana es uno de sus amigos? Porque ella fue a la fiesta. Hablamos por teléfono un rato antes, porque no sabía qué ponerse.
- ¿Que tu hermana estuvo allí? ¿Con Aarón?
- Con Aarón, Marcos, Jonathan, Eduardo, sus dos compañeras de piso y bastante más gente según me contó…
- ¿Y dices que la fiesta fue en casa de los amigos de Aarón?
- Sí, ¿no viven los tres juntos?
- Sí… Por eso no me han invitado… Marcos no lo ha permitido…
- ¿De qué hablas?
Me había levantado pronto, demasiado pronto para ser domingo, y no tenía nada que hacer. Llevaba toda la mañana dando vueltas por la casa y, de pronto, me acordé de algo.
Cogí el móvil y llamé a Anabel, que tardó en responder.
- ¿Diga?
- ¿Anabel? Soy Verónica.
- ¡Ah, dime! Es que ni siquiera he mirado el número…
- ¿Nos podemos ver?
- ¿Ahora? Vale, ¿en diez minutos te paso a recoger?
- Sí, vale. Hasta ahora.
Colgué.
Mientras esperaba que viniera a buscarme, recordé la conversación que habíamos tenido hacía casi tres semanas, cuando mi hermana aún estaba en el hospital.
*Dos semanas y media antes*
- ¡Vale, os lo voy a contar!
Guardaron silencio esperando oír mi historia, el motivo por el que no quería que Natalia y Aarón estuvieran juntos.
- Cuando me vine a vivir aquí echaba mucho de menos a mi hermana, y esperaba con impaciencia las vacaciones para estar con ella pero, a medida que pasaba el tiempo, me fui dando cuenta de las cosas. Cada vez que faltaban pocos días para que Natalia volviera aquí, mi madre y mi abuela no hablaban de otra cosa, sólo querían ver su niña mayor… Un tiempo después, cuando ya iba al colegio, conocí a un niño que me pareció muy simpático, y tenía el encanto propio de los niños mayores, esos en los que siempre nos hemos fijado justo por eso, por ser mayores. Intentaba acercarme a él y hablábamos algunas veces, pero yo notaba algo raro. Las siguientes vacaciones me di cuenta cuando le vi junto a mi hermana en el parque… Sí, ese niño que me gustaba era Aarón.
Paré de hablar un momento, mientras ellas asimilaban lo que yo acababa de contar, y continué.
- El día que Natalia discutió con mi madre y dijo que no volvería, me alegré. Pensé que, al no estar ella, mi madre me haría más caso, pero me equivoqué. Desde entonces no dejaba de lamentarse por la marcha de su hija mayor, sintiéndose culpable de toda su desdicha. Pero la ausencia de Natalia no se notó únicamente en mi casa. Aarón no dejaba de hablar de ella y yo no sabía qué hacer para sacársela de la cabeza. Nunca se fijó en mí, y nunca se dio cuenta de lo que sentía por él. Pero cuando llegaste tú, Anabel, tuve una idea. ¿Qué chico en su sano juicio se resistiría a una rubia como tú? Aunque sólo fuese para olvidarse de mi hermana, Aarón se dejó seducir por ti y, aunque siguiese sin fijarse en mí, si a Natalia se la ocurría volver, le vería contigo y se daría cuenta de que ya no tenía posibilidades con él. Y, mientras tú estés con él, ella no se acercará…
*Vuelta al presente*
Cuando el timbre sonó, dejé de recordar las explicaciones que les había dado a mis amigas.
Salí y Anabel y yo fuimos a dar una vuelta.
- ¿De qué querías hablar? –me preguntó.
- ¿Tú sabes algo de una fiesta que hubo ayer en casa de los amigos de Aarón?
- Primera noticia que tengo…
- ¿No te han dicho nada? Era una fiesta para celebrar que tu novio ya está bien.
- Pues no sabía nada. No me invitaron. Supongo que sería sólo entre sus amigos y él.
- ¿Desde cuándo mi hermana es uno de sus amigos? Porque ella fue a la fiesta. Hablamos por teléfono un rato antes, porque no sabía qué ponerse.
- ¿Que tu hermana estuvo allí? ¿Con Aarón?
- Con Aarón, Marcos, Jonathan, Eduardo, sus dos compañeras de piso y bastante más gente según me contó…
- ¿Y dices que la fiesta fue en casa de los amigos de Aarón?
- Sí, ¿no viven los tres juntos?
- Sí… Por eso no me han invitado… Marcos no lo ha permitido…
- ¿De qué hablas?
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