*VERÓNICA*
Me había fugado del instituto y estaba dando una vuelta por la zona. Entonces me di cuenta de que había llegado al barrio en el que vivía mi hermana, y de que allí se encontraba aparcado el coche de Marcos. En la acera de enfrente había otro vehículo que creía conocer, pero no sabía de qué.
Me senté en un banco que había allí y quedé oculta por ese coche que me resultaba familiar, por lo que si mi hermana se asomaba no me vería.
No llevaba mucho tiempo cuando la puerta del portal se abrió al otro lado de la calle. El novio de Natalia salió con una sonrisa de oreja a oreja y se montó en su coche negro antes de marcharse a gran velocidad.
*NATALIA*
Me había despedido ya de Marcos, a la puerta de la casa, cuando volví a mi habitación, aún sin vestir. Entré y junto a mi cama se encontraba Aarón, quien ya se había puesto la ropa y me miraba con enfado.
- Ya he visto lo bien que te lo has pasado… -miró su reloj- Las doce y media… Una mañana completa, ¿eh Natalia?
- Aarón…
- No, no te preocupes. Ya me voy acostumbrando a que todos hagan conmigo lo que quieran… No es ninguna sorpresa.
- No he podido hacer nada, ha sido él…
- Sí, claro, ya he visto lo mal que estabas, te ha obligado a desnudarle y todo.
- Es mi novio –le recordé.
- ¿Y yo qué soy?
- Tú no eres nada…
Fui consciente enseguida de que había sido muy brusca, pero en sus ojos no había nada que me indicase su estado de ánimo.
- No soy nada… Pues yo que tú revisaría el marco de la puerta, que creo que lo ha astillado con los cuernos…
Pensé que se iba a marchar enfadado y no volvería a acercarse a mí. Sin embargo, me acarició la mejilla y me besó suavemente en los labios antes de dejarme sola en mi habitación e irse.
*VERÓNICA*
Estaba a punto de levantarme del banco cuando la puerta volvió a abrirse. Fue en ese momento en el que me di cuenta de que sí conocía al dueño del coche rojo que tenía frente a mí.
Aarón no salía con la felicidad que mostraba Marcos unos minutos antes, sino que parecía algo enfadado. Por la ventana del piso más bajo vi a mi hermana asomada observando la marcha de Aarón.
Me escondí detrás de unos arbustos que había cerca del banco y oí el coche arrancar e irse. Salí de mi escondite y me fui, sin pararme siquiera a comprobar si Natalia seguía en la ventana.
Llamé a Anabel para preguntarle cuándo nos podríamos ver y me indicó que estaba en su casa en ese momento. Veinte minutos después me encontraba llamando al timbre.
Pasé al interior y empecé a hablar.
sábado, 22 de mayo de 2010
sábado, 15 de mayo de 2010
Capítulo 44
*MARCOS*
Había llamado ya unas cuantas veces al timbre. Estaba a punto de marcharme cuando la puerta se abrió ante mí, mostrando a Natalia envuelta en toallas.
- Ya creí que no estabas…
- ¿No deberías estar trabajando, Marcos?
- Te he estado llamando durante media hora y, como no me cogías el teléfono, creí que te había pasado algo.
- Estaba en la ducha, ni siquiera sabía que me habías llamado.
- No tienes el pelo mojado… Y estás sudando completamente…
- Es que estas toallas dan mucho calor. Y el pelo… me lo lavé ayer.
Hice intención de pasar y me lo impidió.
- ¿No tienes trabajo?
- Jonathan me cubrirá un rato…
Sonreí con picardía y la besé en los labios, haciendo que cediera a dejarme pasar.
- Enseguida vuelvo, me voy a vestir.
*NATALIA*
Llegué a la puerta de mi habitación seguida por Marcos, quien me cogió por la cintura y me besó el cuello.
- ¿Y no me vas a dejar acompañarte mientras te vistes? Te he visto muchas veces desnuda, y me encanta…
Mientras seguía besándome me acarició la pierna, ascendiendo poco a poco y retirándome la toalla.
- Marcos… para ya… Entra si quieres, pero estate quieto.
Entramos y eché un rápido vistazo al armario. Había una pequeña rendija abierta, pero apenas se notaba.
- ¿Y eso?
Me di la vuelta lentamente, sin saber qué me podía encontrar. Seguí la dirección de la mirada de Marcos y lo vi. En el suelo, junto a la cama, se encontraban los calzoncillos de Aarón. Los nervios se apoderaron de mí, pero supe reaccionar rápido.
- Hace un par de noches Sara estuvo aquí con alguien, no sabía que eso estaba ahí… Ya se lo diré luego.
- ¿Y por qué en tu cama?
- Es la primera habitación desde la puerta de entrada, supongo que no les apetecería ir más lejos.
- No está hecha la cama…
- Me he levantado tarde y he ido directa a la ducha.
Se sentó en la cama y me acercó a él, colocándome sobre sus piernas, cara a cara. Me besó como nunca lo había hecho y desenrolló la toalla que cubría mi cuerpo desnudo. La fuerza de su beso aumentaba a medida que mis manos desabrochaban los botones de su camisa.
Se levantó de mi cama y me tumbó boca arriba antes de terminar de desvestirse. Me besó completamente antes de que nuestros cuerpos se fundieran sobre la cama que pocos minutos antes había presenciado una escena similar con otro hombre, tan diferente y tan parecido en cuanto a provocar sensaciones en mí…
Había llamado ya unas cuantas veces al timbre. Estaba a punto de marcharme cuando la puerta se abrió ante mí, mostrando a Natalia envuelta en toallas.
- Ya creí que no estabas…
- ¿No deberías estar trabajando, Marcos?
- Te he estado llamando durante media hora y, como no me cogías el teléfono, creí que te había pasado algo.
- Estaba en la ducha, ni siquiera sabía que me habías llamado.
- No tienes el pelo mojado… Y estás sudando completamente…
- Es que estas toallas dan mucho calor. Y el pelo… me lo lavé ayer.
Hice intención de pasar y me lo impidió.
- ¿No tienes trabajo?
- Jonathan me cubrirá un rato…
Sonreí con picardía y la besé en los labios, haciendo que cediera a dejarme pasar.
- Enseguida vuelvo, me voy a vestir.
*NATALIA*
Llegué a la puerta de mi habitación seguida por Marcos, quien me cogió por la cintura y me besó el cuello.
- ¿Y no me vas a dejar acompañarte mientras te vistes? Te he visto muchas veces desnuda, y me encanta…
Mientras seguía besándome me acarició la pierna, ascendiendo poco a poco y retirándome la toalla.
- Marcos… para ya… Entra si quieres, pero estate quieto.
Entramos y eché un rápido vistazo al armario. Había una pequeña rendija abierta, pero apenas se notaba.
- ¿Y eso?
Me di la vuelta lentamente, sin saber qué me podía encontrar. Seguí la dirección de la mirada de Marcos y lo vi. En el suelo, junto a la cama, se encontraban los calzoncillos de Aarón. Los nervios se apoderaron de mí, pero supe reaccionar rápido.
- Hace un par de noches Sara estuvo aquí con alguien, no sabía que eso estaba ahí… Ya se lo diré luego.
- ¿Y por qué en tu cama?
- Es la primera habitación desde la puerta de entrada, supongo que no les apetecería ir más lejos.
- No está hecha la cama…
- Me he levantado tarde y he ido directa a la ducha.
Se sentó en la cama y me acercó a él, colocándome sobre sus piernas, cara a cara. Me besó como nunca lo había hecho y desenrolló la toalla que cubría mi cuerpo desnudo. La fuerza de su beso aumentaba a medida que mis manos desabrochaban los botones de su camisa.
Se levantó de mi cama y me tumbó boca arriba antes de terminar de desvestirse. Me besó completamente antes de que nuestros cuerpos se fundieran sobre la cama que pocos minutos antes había presenciado una escena similar con otro hombre, tan diferente y tan parecido en cuanto a provocar sensaciones en mí…
viernes, 14 de mayo de 2010
Capítulo 43
*MARCOS*
Llevaba media hora intentando hablar con mi novia, pero no cogía el teléfono. Mi desesperación iba en aumento mientras Jonathan se burlaba de mí.
- Te he dicho que estará dormida, Marcos, déjala tranquila.
- No creo que esté dormida, se suele levantar cuando Ana y Sara se marcan, estoy seguro.
- Bueno, tal vez haya decidido quedarse más tiempo en la cama. No te preocupes.
- ¿Que no me preocupe? ¿Y si le ha pasado algo?
*JONATHAN*
Y volvió a llamar una y otra vez, hasta que finalmente soltó el teléfono. Pensé que lo dejaría correr, pero me equivocaba. Se puso la cazadora y cogió las llaves del coche.
- No pienso estar aquí fingiendo que trabajo mientras estoy preocupado por mi novia.
Me reía de él únicamente por la cara que ponía, pero no porque me hiciera gracia la situación. Yo también comenzaba a darle vueltas a la cabeza. Marcos tenía razón en lo de que Natalia se solía levantar pronto, y ya eran cerca de las once. Algo no estaba bien, pero no le dije nada a mi amigo, pues ya estaba suficientemente preocupado.
- Está bien, vete. No creo que venga el jefe, pero si viene le diré que estás haciendo un encargo, o algo así.
- Gracias tío. Espero tardar poco. Sólo quiero asegurarme de que está bien.
*NATALIA*
No sabría describir lo que estaba sintiendo en ese momento. Las caricias de Aarón, sus besos, el calor que sentíamos, la pasión de nuestros cuerpos desnudos, nuestras respiraciones aceleradas… Todo ello formaba un ardiente cóctel que parecía unirnos como el mejor de los adhesivos.
Siempre había soñado con esa situación: Aarón y yo entre las sábanas uniéndonos en una danza de placer y deseo.
Un rato después, exhaustos, reposamos sobre el colchón. Apenas nos despegamos y Aarón no cesó de acariciarme mientras me abrazaba contra su pecho. Alcé la cabeza, le besé el cuello y después los labios.
Nuestros labios seguían uniéndose cuando algo nos interrumpió. Otra vez el estruendoso sonido del timbre.
Posé un dedo sobre la boca de Aarón, pidiéndole silencio y escuché atentamente. Entre timbrazo y timbrazo oía una voz que pronunciaba mi nombre. Presté más atención y el pánico invadió mi cuerpo.
- Marcos… -pronuncié casi sin producir sonido.
Empujé suavemente a Aarón para que se levantase de la cama.
- ¿Ahora te importa lo que piense Marcos? –me susurró.
- Te recuerdo que es mi novio.
- Y yo te recuerdo que te acabas de acostar conmigo.
Le lancé una mirada suplicante que entendió a la perfección. Cogió toda su ropa y se metió en mi armario.
Llevaba media hora intentando hablar con mi novia, pero no cogía el teléfono. Mi desesperación iba en aumento mientras Jonathan se burlaba de mí.
- Te he dicho que estará dormida, Marcos, déjala tranquila.
- No creo que esté dormida, se suele levantar cuando Ana y Sara se marcan, estoy seguro.
- Bueno, tal vez haya decidido quedarse más tiempo en la cama. No te preocupes.
- ¿Que no me preocupe? ¿Y si le ha pasado algo?
*JONATHAN*
Y volvió a llamar una y otra vez, hasta que finalmente soltó el teléfono. Pensé que lo dejaría correr, pero me equivocaba. Se puso la cazadora y cogió las llaves del coche.
- No pienso estar aquí fingiendo que trabajo mientras estoy preocupado por mi novia.
Me reía de él únicamente por la cara que ponía, pero no porque me hiciera gracia la situación. Yo también comenzaba a darle vueltas a la cabeza. Marcos tenía razón en lo de que Natalia se solía levantar pronto, y ya eran cerca de las once. Algo no estaba bien, pero no le dije nada a mi amigo, pues ya estaba suficientemente preocupado.
- Está bien, vete. No creo que venga el jefe, pero si viene le diré que estás haciendo un encargo, o algo así.
- Gracias tío. Espero tardar poco. Sólo quiero asegurarme de que está bien.
*NATALIA*
No sabría describir lo que estaba sintiendo en ese momento. Las caricias de Aarón, sus besos, el calor que sentíamos, la pasión de nuestros cuerpos desnudos, nuestras respiraciones aceleradas… Todo ello formaba un ardiente cóctel que parecía unirnos como el mejor de los adhesivos.
Siempre había soñado con esa situación: Aarón y yo entre las sábanas uniéndonos en una danza de placer y deseo.
Un rato después, exhaustos, reposamos sobre el colchón. Apenas nos despegamos y Aarón no cesó de acariciarme mientras me abrazaba contra su pecho. Alcé la cabeza, le besé el cuello y después los labios.
Nuestros labios seguían uniéndose cuando algo nos interrumpió. Otra vez el estruendoso sonido del timbre.
Posé un dedo sobre la boca de Aarón, pidiéndole silencio y escuché atentamente. Entre timbrazo y timbrazo oía una voz que pronunciaba mi nombre. Presté más atención y el pánico invadió mi cuerpo.
- Marcos… -pronuncié casi sin producir sonido.
Empujé suavemente a Aarón para que se levantase de la cama.
- ¿Ahora te importa lo que piense Marcos? –me susurró.
- Te recuerdo que es mi novio.
- Y yo te recuerdo que te acabas de acostar conmigo.
Le lancé una mirada suplicante que entendió a la perfección. Cogió toda su ropa y se metió en mi armario.
miércoles, 12 de mayo de 2010
jueves, 6 de mayo de 2010
Capítulo 42
*AARÓN*
Unos segundos después de llamar, la puerta de madera se abría ante mí. Al otro lado del umbral se encontraba la morena de mis sueños, mirándome sin reflejar ninguna sensación en su recién despertado rostro. Ni siquiera parecía sorprenderse de mi presencia en su casa a aquella hora.
Sin decir nada se apartó y me dejó el camino libre permitiéndome pasar al interior. Se sentó en un sofá y yo la imité. Permanecimos uno frente al otro durante un tiempo que bien podrían ser segundos, minutos o incluso horas, pues no me cansaría de observarla en silencio ni aunque pasasen varios días, y el tiempo corría ajeno a mí.
Por primera vez en varios días sentí que sí tenía posibilidades con ella, pues yo no era el único que no apartaba la mirada. Parecía que ya no estaba tan enfadada.
Entonces ocurrió algo que me sorprendió en gran medida. Una sonrisa se dibujó en su rostro y se sentó a mi lado.
- Según creo estás muy enfadada conmigo por todo lo ocurrido… -dije al fin.
- ¿Tú crees que si estuviera enfadada estaría a tan poca distancia de ti? Ni siquiera te habría permitido entrar en mi casa.
Todo aquello me extrañaba, pero no me molestaba ni un poco, en realidad me encantaba. Nunca había visto así a Natalia, al menos conmigo.
Cada vez estaba más cerca de mí, entonces su pierna tocó la mía…
*JONATHAN*
No llevábamos ni siquiera una hora trabajando y ya no podía más. Tantos días de fiesta habían acabado conmigo, y parecía que a Marcos le ocurría lo mismo.
Dejé el ordenador que estaba intentando reparar sin éxito, y miré a mi compañero. Le faltaba un suspiro para quedarse dormido de pie.
- ¡Ey, Marcos! –pegó un bote –Creo que deberíamos trabajar un poco. ¿Tú qué opinas? –me reí.
Al fin se movió y cogió una silla que estaba a mi lado.
- Puede que tengas razón, pero no me puedo concentrar…
- ¿Te pasa algo?
Me miró.
- Ahora mismo lo único que me apetece es estar en casa con Natalia…
- ¿Quieres saber mi opinión? –asintió –Creo que deberíais dejar a la cama descansar un poco.
Nos reímos un momento y se levantó.
- Voy a llamarla, necesito oírla aunque sea por teléfono…
- Pero si estáis todo el día juntos, ya la verás luego… Además, estará dormida.
Aun así, cogió el teléfono y llamó.
*NATALIA*
El teléfono llevaba sonando unos diez minutos, pero no tenía ninguna intención de descolgar. Si era importante llamarían más tarde. En ese momento estaba verdaderamente ocupada.
Las sábanas de la cama se pegaban a mi cuerpo mientras Aarón recorría cada milímetro de mi piel con sus manos y sus labios…
Poco a poco la temperatura subía en la habitación haciéndonos desear la unión de nuestros cuerpos más que cualquier otra cosa en el mundo.
Sentía su cuerpo desnudo sobre el mío mientras su boca ascendía por mi cuello haciéndome enloquecer de deseo. Nuestras bocas se unieron con ansia y nuestras lenguas se fusionaron apasionadamente.
Entonces me colocó encima de él y me hizo sentir viva…
Unos segundos después de llamar, la puerta de madera se abría ante mí. Al otro lado del umbral se encontraba la morena de mis sueños, mirándome sin reflejar ninguna sensación en su recién despertado rostro. Ni siquiera parecía sorprenderse de mi presencia en su casa a aquella hora.
Sin decir nada se apartó y me dejó el camino libre permitiéndome pasar al interior. Se sentó en un sofá y yo la imité. Permanecimos uno frente al otro durante un tiempo que bien podrían ser segundos, minutos o incluso horas, pues no me cansaría de observarla en silencio ni aunque pasasen varios días, y el tiempo corría ajeno a mí.
Por primera vez en varios días sentí que sí tenía posibilidades con ella, pues yo no era el único que no apartaba la mirada. Parecía que ya no estaba tan enfadada.
Entonces ocurrió algo que me sorprendió en gran medida. Una sonrisa se dibujó en su rostro y se sentó a mi lado.
- Según creo estás muy enfadada conmigo por todo lo ocurrido… -dije al fin.
- ¿Tú crees que si estuviera enfadada estaría a tan poca distancia de ti? Ni siquiera te habría permitido entrar en mi casa.
Todo aquello me extrañaba, pero no me molestaba ni un poco, en realidad me encantaba. Nunca había visto así a Natalia, al menos conmigo.
Cada vez estaba más cerca de mí, entonces su pierna tocó la mía…
*JONATHAN*
No llevábamos ni siquiera una hora trabajando y ya no podía más. Tantos días de fiesta habían acabado conmigo, y parecía que a Marcos le ocurría lo mismo.
Dejé el ordenador que estaba intentando reparar sin éxito, y miré a mi compañero. Le faltaba un suspiro para quedarse dormido de pie.
- ¡Ey, Marcos! –pegó un bote –Creo que deberíamos trabajar un poco. ¿Tú qué opinas? –me reí.
Al fin se movió y cogió una silla que estaba a mi lado.
- Puede que tengas razón, pero no me puedo concentrar…
- ¿Te pasa algo?
Me miró.
- Ahora mismo lo único que me apetece es estar en casa con Natalia…
- ¿Quieres saber mi opinión? –asintió –Creo que deberíais dejar a la cama descansar un poco.
Nos reímos un momento y se levantó.
- Voy a llamarla, necesito oírla aunque sea por teléfono…
- Pero si estáis todo el día juntos, ya la verás luego… Además, estará dormida.
Aun así, cogió el teléfono y llamó.
*NATALIA*
El teléfono llevaba sonando unos diez minutos, pero no tenía ninguna intención de descolgar. Si era importante llamarían más tarde. En ese momento estaba verdaderamente ocupada.
Las sábanas de la cama se pegaban a mi cuerpo mientras Aarón recorría cada milímetro de mi piel con sus manos y sus labios…
Poco a poco la temperatura subía en la habitación haciéndonos desear la unión de nuestros cuerpos más que cualquier otra cosa en el mundo.
Sentía su cuerpo desnudo sobre el mío mientras su boca ascendía por mi cuello haciéndome enloquecer de deseo. Nuestras bocas se unieron con ansia y nuestras lenguas se fusionaron apasionadamente.
Entonces me colocó encima de él y me hizo sentir viva…
martes, 4 de mayo de 2010
Capítulo 41
*AARÓN*
Tras mi conversación con Anabel, había pensado mucho en ello, teniendo en cuenta su consejo de intentarlo con Natalia.
Una tarde había decidido ir a casa de los que habían sido mis amigos durante años, de los que me había separado y a los que extrañaba. Afortunadamente, cuando llegué estaban los tres en el interior de la vivienda. Creí que Marcos me echaría de allí o que no me escucharía, pero fijó su atención en mí y no pronunció palabra alguna, mirándome incluso con algo de interés. Aproveché aquel momento para disculparme.
Jonathan y Eduardo me perdonaron enseguida, haciendo incluso bromas respecto a mi seriedad y riéndose a mi costa. Marcos, sin embargo, parecía que no estaba dispuesto a ceder tan fácilmente. Me recordó el puñetazo que había recibido por mi parte y me aseguró que Natalia estaba muy dolida conmigo. Eso fue lo que más me dolió, además de enterarme de que estaban juntos. Supe enseguida que mis pocas posibilidades se habían convertido en nulas, pero en ese momento mi objetivo era otro.
Si me encontraba en aquel lugar era para hablar con ellos y arreglar mis diferencias con el nuevo novio de Natalia.
Dos días después, todo volvía a la normalidad entre nosotros, hasta el punto de que me invitaron a las fiestas con las que pretendían celebrar el fin de año y el nuevo comienzo. A diferencia de en la fiesta que organizaron con motivo de mi salida del hospital, en esta ocasión únicamente me encontré con amigos que sí conocía: los tres anfitriones, Natalia y sus amigas. Además, les había comentado que podían invitar a Anabel, y lo hicieron, a ella y a su novio Fran, a quien realmente no le guardaba rencor.
Mis ojos no parecían querer despegarse de la figura de Natalia, me gustaba verla moverse al ritmo de la música que flotaba en el ambiente. El vestido negro que vestía atrapaba mi atención, encerrándome entre paredes de desesperación y deseo. Ni siquiera detenía mi observación cuando Marcos se acercaba a ella y jugaba con su cuerpo siguiendo su mismo ritmo.
Sabía que ella me miraba también durante extensos periodos de tiempo y eso hacía que las pareces me acosaran aún más, derribando mis defensas y haciéndome sentir impulsos de rozar su piel y de sentirla junto a mí.
Los siguientes días me había torturado en mi casa, recordando aquellas noches de música, baile, alcohol y fogosidad…
Mis noches se habían llenado de sueños en los que la protagonista era Natalia, tentándome a unirme a ella, y las horas de luz hacían que me consumiera entre recuerdos y fantasías que posiblemente nunca se harían realidad.
Ya se habían acabado las vacaciones y las fiestas, enviándonos a todos de vuelta a nuestras respectivas vidas y separándonos en gran parte.
Sabía que Natalia, al igual que yo mismo, no trabajaba, por lo que estaría sola a la mañana siguiente.
La oscuridad había teñido la ciudad, pero mi lucha contra el sueño había concluido con mi victoria, a pesar de que necesitaba descansar al menos un par de horas.
*NATALIA*
Me levanté a las nueve y mis compañeras de piso ya se habían marchado a trabajar.
No tenía nada que hacer, por lo que encendí el televisor. Nada, no había nada, así que lo apagué y me dediqué a pensar.
Había visto a Aarón muy pendiente de mí, y a Anabel con otro chico, que Ana me había dicho que era su novio. Aarón volvía a estar soltero, y parecía que estaba interesado en mí, pues en las fiestas no me había quitado ojo.
Esa información tal vez me hubiera alegrado dos meses atrás, pero no en ese momento, pues yo estaba con Marcos.
Por otra parte… nunca había dejado de pensar en Aarón, no podía engañarme. Sus ojos verdes estaban siempre presentes en mi memoria, incluso en mis sueños, y sus labios… añoraba sus labios. Anhelaba encontrarme entre sus brazos, sintiendo su calor y adivinando sus músculos a través de las camisetas ajustadas que solía llevar. Siempre me había hipnotizado el contorno de su cuerpo…
Un sonido breve pero intenso interrumpió mis fantasías. El timbre.
Tras mi conversación con Anabel, había pensado mucho en ello, teniendo en cuenta su consejo de intentarlo con Natalia.
Una tarde había decidido ir a casa de los que habían sido mis amigos durante años, de los que me había separado y a los que extrañaba. Afortunadamente, cuando llegué estaban los tres en el interior de la vivienda. Creí que Marcos me echaría de allí o que no me escucharía, pero fijó su atención en mí y no pronunció palabra alguna, mirándome incluso con algo de interés. Aproveché aquel momento para disculparme.
Jonathan y Eduardo me perdonaron enseguida, haciendo incluso bromas respecto a mi seriedad y riéndose a mi costa. Marcos, sin embargo, parecía que no estaba dispuesto a ceder tan fácilmente. Me recordó el puñetazo que había recibido por mi parte y me aseguró que Natalia estaba muy dolida conmigo. Eso fue lo que más me dolió, además de enterarme de que estaban juntos. Supe enseguida que mis pocas posibilidades se habían convertido en nulas, pero en ese momento mi objetivo era otro.
Si me encontraba en aquel lugar era para hablar con ellos y arreglar mis diferencias con el nuevo novio de Natalia.
Dos días después, todo volvía a la normalidad entre nosotros, hasta el punto de que me invitaron a las fiestas con las que pretendían celebrar el fin de año y el nuevo comienzo. A diferencia de en la fiesta que organizaron con motivo de mi salida del hospital, en esta ocasión únicamente me encontré con amigos que sí conocía: los tres anfitriones, Natalia y sus amigas. Además, les había comentado que podían invitar a Anabel, y lo hicieron, a ella y a su novio Fran, a quien realmente no le guardaba rencor.
Mis ojos no parecían querer despegarse de la figura de Natalia, me gustaba verla moverse al ritmo de la música que flotaba en el ambiente. El vestido negro que vestía atrapaba mi atención, encerrándome entre paredes de desesperación y deseo. Ni siquiera detenía mi observación cuando Marcos se acercaba a ella y jugaba con su cuerpo siguiendo su mismo ritmo.
Sabía que ella me miraba también durante extensos periodos de tiempo y eso hacía que las pareces me acosaran aún más, derribando mis defensas y haciéndome sentir impulsos de rozar su piel y de sentirla junto a mí.
Los siguientes días me había torturado en mi casa, recordando aquellas noches de música, baile, alcohol y fogosidad…
Mis noches se habían llenado de sueños en los que la protagonista era Natalia, tentándome a unirme a ella, y las horas de luz hacían que me consumiera entre recuerdos y fantasías que posiblemente nunca se harían realidad.
Ya se habían acabado las vacaciones y las fiestas, enviándonos a todos de vuelta a nuestras respectivas vidas y separándonos en gran parte.
Sabía que Natalia, al igual que yo mismo, no trabajaba, por lo que estaría sola a la mañana siguiente.
La oscuridad había teñido la ciudad, pero mi lucha contra el sueño había concluido con mi victoria, a pesar de que necesitaba descansar al menos un par de horas.
*NATALIA*
Me levanté a las nueve y mis compañeras de piso ya se habían marchado a trabajar.
No tenía nada que hacer, por lo que encendí el televisor. Nada, no había nada, así que lo apagué y me dediqué a pensar.
Había visto a Aarón muy pendiente de mí, y a Anabel con otro chico, que Ana me había dicho que era su novio. Aarón volvía a estar soltero, y parecía que estaba interesado en mí, pues en las fiestas no me había quitado ojo.
Esa información tal vez me hubiera alegrado dos meses atrás, pero no en ese momento, pues yo estaba con Marcos.
Por otra parte… nunca había dejado de pensar en Aarón, no podía engañarme. Sus ojos verdes estaban siempre presentes en mi memoria, incluso en mis sueños, y sus labios… añoraba sus labios. Anhelaba encontrarme entre sus brazos, sintiendo su calor y adivinando sus músculos a través de las camisetas ajustadas que solía llevar. Siempre me había hipnotizado el contorno de su cuerpo…
Un sonido breve pero intenso interrumpió mis fantasías. El timbre.
jueves, 29 de abril de 2010
CAPÍTULO 40
*NATALIA*
Pasamos las Navidades entre amigos, risas, regalos, música y fiesta, sobre todo fiesta. Nos habíamos vuelto inseparables, formábamos un grupo que, aunque unos años atrás nadie lo hubiera creído posible, se entendía bien. Mi relación con Marcos había unido los dos extremos, a sus amigos y a mis amigas.
Jonathan y Eduardo, sobre todo el primero, me pidieron disculpas por su comportamiento conmigo y decidimos empezar de nuevo. Jamás hubiera pensado que aquellos chicos con los que nunca me había llevado bien llegarían a formar parte de mi vida, pero así era, estaban en mi nueva vida, una vida tranquila en la que me encontraba rodeada de un gran número de personas y era feliz por primera vez en años. Me di cuenta de que hasta ese momento había creído conocer a esas personas, pero no era así.
Siempre había sido muy observadora, quizá demasiado, algo que me sirvió para descubrir a mis nuevos amigos. Nunca se lo había dicho ni a Ana ni a Sara, pero Jonathan me había dado miedo en alguna ocasión, aunque sabía que todo era una dura fachada que invitaba a alejarse e impedía llegar hasta el interior. Aquel chico de duras facciones, pendientes en las orejas y adornado, al igual que Marcos, con tatuajes que siempre me había taladrado con sus ojos negros y se había mostrado ante mí con mal carácter, era en realidad algo juguetón. Me contaron que en el colegio y en el instituto había sido el terror de todos los profesores, por sus bromas, sus frecuentes interrupciones en las clases y su falta de memoria en cuanto a material escolar y trabajos.
Eduardo, por su parte, no me sorprendió en gran cantidad. Siempre me había parecido un chico educado, aunque nunca había tenido ocasión de demostrármelo hasta ese momento, amable e inteligente. Bajo su pelo rizado había un cerebro privilegiado y, un poco más abajo, una permanente sonrisa que alegraba a cualquiera. De él descubrí que, aunque parecía un chico tímido y tranquilo, era el mejor del grupo contando chistes y organizando fiestas.
Aquellos días no me preocupé de nada ni de nadie. No pensé en Aarón, ni en mi madre, aunque sí eché de menos a Adela. Nunca habíamos pasado juntas las Navidades, pero siempre me acordaba de ella. En algunos momentos me entristecía rescatando recuerdos de mi memoria, pero siempre había alguien que hacía que mi sonrisa saliese al exterior.
Aquel año terminó bien, en pocos días me sentí mejor que en los dos años anteriores.
El comienzo del año tampoco estuvo mal. Lo único que impidió mi total felicidad fue la presencia de Anabel, sus amigas y Aarón, sobre todo por él. Marcos y él habían arreglado sus problemas y volvían a ser amigos, por eso había aumentado la lista de invitados a nuestras fiestas. La única que no apareció, tal vez se lo habrían prohibido, fue Lydia.
Aarón no dejaba de mirarme, pero eso no parecía importarle demasiado a Anabel, quien estaba demasiado ocupada con otro chico.
Realmente el comienzo del año fue bastante extraño. Todo lo que creía como seguro, como la relación entre Anabel y Aarón o las ganas de éste de culparme de su desgracia de los últimos años, se desmoronaba ante mis ojos. Nada estaba claro para mí, únicamente mi amistad con Ana, Sara y los chicos.
Llevaba semanas sin ver a mi hermana, pero no me apetecía volver a aquella casa, y ella tampoco había intentado contactar conmigo.
Un día recordé mi conversación con Lydia, y me acordé de lo que había dicho cuando yo afirmé que sabía que era amiga de Anabel: “¿Sólo de Anabel? …” Desconocía qué había querido decir con eso, pues si tenía más amigas aparte de Anabel, Cristina y Ruth, yo no las conocía.
Pronto se acabaron las vacaciones y todos tenían que volver a trabajar, todos menos Aarón y yo…
La noche antes del primer día de trabajo de todos ellos, mientras Ana y Sara dormían, yo me levanté a observar la oscuridad desde mi ventana. Las pequeñas estrellas luchaban por hacerse notar sobre la intensa luz de las farolas, y la luna parecía observarme desde las alturas…
Pasamos las Navidades entre amigos, risas, regalos, música y fiesta, sobre todo fiesta. Nos habíamos vuelto inseparables, formábamos un grupo que, aunque unos años atrás nadie lo hubiera creído posible, se entendía bien. Mi relación con Marcos había unido los dos extremos, a sus amigos y a mis amigas.
Jonathan y Eduardo, sobre todo el primero, me pidieron disculpas por su comportamiento conmigo y decidimos empezar de nuevo. Jamás hubiera pensado que aquellos chicos con los que nunca me había llevado bien llegarían a formar parte de mi vida, pero así era, estaban en mi nueva vida, una vida tranquila en la que me encontraba rodeada de un gran número de personas y era feliz por primera vez en años. Me di cuenta de que hasta ese momento había creído conocer a esas personas, pero no era así.
Siempre había sido muy observadora, quizá demasiado, algo que me sirvió para descubrir a mis nuevos amigos. Nunca se lo había dicho ni a Ana ni a Sara, pero Jonathan me había dado miedo en alguna ocasión, aunque sabía que todo era una dura fachada que invitaba a alejarse e impedía llegar hasta el interior. Aquel chico de duras facciones, pendientes en las orejas y adornado, al igual que Marcos, con tatuajes que siempre me había taladrado con sus ojos negros y se había mostrado ante mí con mal carácter, era en realidad algo juguetón. Me contaron que en el colegio y en el instituto había sido el terror de todos los profesores, por sus bromas, sus frecuentes interrupciones en las clases y su falta de memoria en cuanto a material escolar y trabajos.
Eduardo, por su parte, no me sorprendió en gran cantidad. Siempre me había parecido un chico educado, aunque nunca había tenido ocasión de demostrármelo hasta ese momento, amable e inteligente. Bajo su pelo rizado había un cerebro privilegiado y, un poco más abajo, una permanente sonrisa que alegraba a cualquiera. De él descubrí que, aunque parecía un chico tímido y tranquilo, era el mejor del grupo contando chistes y organizando fiestas.
Aquellos días no me preocupé de nada ni de nadie. No pensé en Aarón, ni en mi madre, aunque sí eché de menos a Adela. Nunca habíamos pasado juntas las Navidades, pero siempre me acordaba de ella. En algunos momentos me entristecía rescatando recuerdos de mi memoria, pero siempre había alguien que hacía que mi sonrisa saliese al exterior.
Aquel año terminó bien, en pocos días me sentí mejor que en los dos años anteriores.
El comienzo del año tampoco estuvo mal. Lo único que impidió mi total felicidad fue la presencia de Anabel, sus amigas y Aarón, sobre todo por él. Marcos y él habían arreglado sus problemas y volvían a ser amigos, por eso había aumentado la lista de invitados a nuestras fiestas. La única que no apareció, tal vez se lo habrían prohibido, fue Lydia.
Aarón no dejaba de mirarme, pero eso no parecía importarle demasiado a Anabel, quien estaba demasiado ocupada con otro chico.
Realmente el comienzo del año fue bastante extraño. Todo lo que creía como seguro, como la relación entre Anabel y Aarón o las ganas de éste de culparme de su desgracia de los últimos años, se desmoronaba ante mis ojos. Nada estaba claro para mí, únicamente mi amistad con Ana, Sara y los chicos.
Llevaba semanas sin ver a mi hermana, pero no me apetecía volver a aquella casa, y ella tampoco había intentado contactar conmigo.
Un día recordé mi conversación con Lydia, y me acordé de lo que había dicho cuando yo afirmé que sabía que era amiga de Anabel: “¿Sólo de Anabel? …” Desconocía qué había querido decir con eso, pues si tenía más amigas aparte de Anabel, Cristina y Ruth, yo no las conocía.
Pronto se acabaron las vacaciones y todos tenían que volver a trabajar, todos menos Aarón y yo…
La noche antes del primer día de trabajo de todos ellos, mientras Ana y Sara dormían, yo me levanté a observar la oscuridad desde mi ventana. Las pequeñas estrellas luchaban por hacerse notar sobre la intensa luz de las farolas, y la luna parecía observarme desde las alturas…
martes, 27 de abril de 2010
CAPÍTULO 39
*MARCOS*
Aparté a Lydia de Natalia y la miré.
- ¿Qué haces tú aquí? No te he oído entrar –me dijo Lydia.
- Ya estaba dentro, pero me estaba duchando. Te he oído gritar y por eso he venido. Aunque no he entendido nada de lo que estabas diciendo.
- Sólo estábamos hablando tranquilamente…
- Ya, claro. Sabes que a mí no me engañas, Lydia, ya no. Hace años que te conozco y sé de qué palo vas en cada momento. Además, sé que odias a Natalia. ¿A qué has venido?
- A decirme que me aleje de ti y a amenazarme –aclaró Natalia.
- Vuelve conmigo, Marcos, por favor. Te quiero y sé que tú estás loco por mí, no lo niegues… Esta mosquita muerta no te merece. No sabría apreciarte lo suficientemente bien…
- ¿Y tú sí? Me pusiste los cuernos con todo el que pillaste…
- Desde que me dejaste no he estado con nadie…
- Y además me mientes… Si metes a alguien en tu cama procura que sea alguien a quien no conozca. Me acaba de llamar tu último ligue, me ha dicho que está en tu casa deseando que vuelvas, así que no te entretengas, no le hagas esperar más…
- Veo que te gusta recoger las sobras que deja tu amigo Aarón… En cuanto él la dio puerta fuiste tú a por ella… -miró a Natalia- Que os vaya bien. No te ilusiones mucho, Marcos, porque te va a hacer lo mismo que a Aarón, ya lo verás.
- Márchate de mi casa, Lydia –dijo Natalia.
- Claro, ya me voy, no te preocupes…
Avanzó hacia la puerta, delante de la cual me encontraba yo y pronto desapareció de la habitación. El portazo que dio al salir del piso se sintió en los cristales de todas las ventanas de la vivienda, y probablemente también en los del portal.
Me giré hacia Natalia.
- Bueno, ¿vamos a por los regalos de Navidad? –le sonreí intentando quitarle importancia a lo ocurrido.
Me devolvió la sonrisa y salimos.
*AARÓN*
- Bueno, pues empieza a sincerarte… ¿De qué se trata? –le pregunté a Anabel.
- Supongo que recordarás que cuando llegué nueva al instituto, Verónica se acercó enseguida a mí, y cuando vinieron mis amigas, fuimos todas juntas a todos los lugares…
- Sí, me acuerdo. ¿A dónde quieres llegar?
- Cuando empezó a haber más confianza entre nosotras dos, Verónica me contó que tenía una especie de plan, y que pensaba que yo la podía ayudar a conseguir llevarlo a cabo.
- ¿Un plan? –pregunté extrañado.
No entendía qué me quería decir con todo eso, ni siquiera sabía qué tenía que ver yo con ese plan del que oía hablar por primera vez en ese momento. Yo me había sincerado con ella, le había dicho que no la quería, que quería a Natalia y ella, sin embargo, me hablaba de Verónica y de un plan…
- Sí, un plan, y tenía mucho que ver contigo… -me aclaró –Quería que te olvidaras de Natalia y, como a ella no la hacías mucho caso cuando intentaba estar contigo y te lanzaba indirectas, me pidió que me acercara a ti.
- ¿Acercarte a mí en qué sentido?
- Pues en el sentido en que me acerqué a ti en su momento… Quería que estuviéramos juntos para que olvidaras a su hermana. Me ofreció su amistad a cambio de hacerle ese favor. Todo este tiempo me he dejado manejar por ella. Yo no te quería, Aarón, ni te quiero. Bueno, no pienses que no te tengo cariño, pero de otra manera. Y tengo al más que decirte… Desde que empezamos a salir he estado con otro chico cuando tú salías por ahí con tus amigos… Lo siento.
En ese momento sentí enfado, alivio y alegría, todo a la vez. No tenía que sentirme culpable por haber engañado a Anabel, ocultándole mis verdaderos sentimientos, pues nuestra relación, por ambas partes, había sido una total mentira.
- Gracias por decirme todo esto. Siento que todo haya sido así. No tenías que haber permitido a Verónica que te hiciera eso…
- Creí que tal vez llegara a quererte en algún momento.
Nos callamos unos instantes en los que estuve asimilando toda la nueva información y pensando en qué podía hacer para arreglar los asuntos que tenía pendientes, empezando por solucionar mis problemas con Natalia.
- Ahora que sabes esto, creo que deberías ir a por Natalia. Sé que en todo este tiempo no has dejado de pensar en ella y que su vuelta ha reavivado antiguos sentimientos en tu interior. No la dejes escapar de nuevo. Ella sigue queriéndote, lo sé, pero debes saber que Marcos te lleva ventaja según me han contado.
- Natalia no quiere saber nada más de mí. No quiere volver a verme.
- No creo que sea para tanto, Aarón. Cuando os reencontrasteis discutisteis, pero luego os reconciliasteis, por lo que esta vez será igual, lo arreglareis, seguro.
- Sí, claro… La última vez que nos vimos le pegué un puñetazo a Marcos y ella se enfadó mucho conmigo, me echó de su casa y estaba realmente furiosa. Bueno, no mucho, pero le molestó que pegase a Marcos, lo vi en sus ojos.
Anabel se rió.
- Seguro que se lo merecía… Algo habría hecho para que le pegases, porque tú no pegas así porque sí.
Aparté a Lydia de Natalia y la miré.
- ¿Qué haces tú aquí? No te he oído entrar –me dijo Lydia.
- Ya estaba dentro, pero me estaba duchando. Te he oído gritar y por eso he venido. Aunque no he entendido nada de lo que estabas diciendo.
- Sólo estábamos hablando tranquilamente…
- Ya, claro. Sabes que a mí no me engañas, Lydia, ya no. Hace años que te conozco y sé de qué palo vas en cada momento. Además, sé que odias a Natalia. ¿A qué has venido?
- A decirme que me aleje de ti y a amenazarme –aclaró Natalia.
- Vuelve conmigo, Marcos, por favor. Te quiero y sé que tú estás loco por mí, no lo niegues… Esta mosquita muerta no te merece. No sabría apreciarte lo suficientemente bien…
- ¿Y tú sí? Me pusiste los cuernos con todo el que pillaste…
- Desde que me dejaste no he estado con nadie…
- Y además me mientes… Si metes a alguien en tu cama procura que sea alguien a quien no conozca. Me acaba de llamar tu último ligue, me ha dicho que está en tu casa deseando que vuelvas, así que no te entretengas, no le hagas esperar más…
- Veo que te gusta recoger las sobras que deja tu amigo Aarón… En cuanto él la dio puerta fuiste tú a por ella… -miró a Natalia- Que os vaya bien. No te ilusiones mucho, Marcos, porque te va a hacer lo mismo que a Aarón, ya lo verás.
- Márchate de mi casa, Lydia –dijo Natalia.
- Claro, ya me voy, no te preocupes…
Avanzó hacia la puerta, delante de la cual me encontraba yo y pronto desapareció de la habitación. El portazo que dio al salir del piso se sintió en los cristales de todas las ventanas de la vivienda, y probablemente también en los del portal.
Me giré hacia Natalia.
- Bueno, ¿vamos a por los regalos de Navidad? –le sonreí intentando quitarle importancia a lo ocurrido.
Me devolvió la sonrisa y salimos.
*AARÓN*
- Bueno, pues empieza a sincerarte… ¿De qué se trata? –le pregunté a Anabel.
- Supongo que recordarás que cuando llegué nueva al instituto, Verónica se acercó enseguida a mí, y cuando vinieron mis amigas, fuimos todas juntas a todos los lugares…
- Sí, me acuerdo. ¿A dónde quieres llegar?
- Cuando empezó a haber más confianza entre nosotras dos, Verónica me contó que tenía una especie de plan, y que pensaba que yo la podía ayudar a conseguir llevarlo a cabo.
- ¿Un plan? –pregunté extrañado.
No entendía qué me quería decir con todo eso, ni siquiera sabía qué tenía que ver yo con ese plan del que oía hablar por primera vez en ese momento. Yo me había sincerado con ella, le había dicho que no la quería, que quería a Natalia y ella, sin embargo, me hablaba de Verónica y de un plan…
- Sí, un plan, y tenía mucho que ver contigo… -me aclaró –Quería que te olvidaras de Natalia y, como a ella no la hacías mucho caso cuando intentaba estar contigo y te lanzaba indirectas, me pidió que me acercara a ti.
- ¿Acercarte a mí en qué sentido?
- Pues en el sentido en que me acerqué a ti en su momento… Quería que estuviéramos juntos para que olvidaras a su hermana. Me ofreció su amistad a cambio de hacerle ese favor. Todo este tiempo me he dejado manejar por ella. Yo no te quería, Aarón, ni te quiero. Bueno, no pienses que no te tengo cariño, pero de otra manera. Y tengo al más que decirte… Desde que empezamos a salir he estado con otro chico cuando tú salías por ahí con tus amigos… Lo siento.
En ese momento sentí enfado, alivio y alegría, todo a la vez. No tenía que sentirme culpable por haber engañado a Anabel, ocultándole mis verdaderos sentimientos, pues nuestra relación, por ambas partes, había sido una total mentira.
- Gracias por decirme todo esto. Siento que todo haya sido así. No tenías que haber permitido a Verónica que te hiciera eso…
- Creí que tal vez llegara a quererte en algún momento.
Nos callamos unos instantes en los que estuve asimilando toda la nueva información y pensando en qué podía hacer para arreglar los asuntos que tenía pendientes, empezando por solucionar mis problemas con Natalia.
- Ahora que sabes esto, creo que deberías ir a por Natalia. Sé que en todo este tiempo no has dejado de pensar en ella y que su vuelta ha reavivado antiguos sentimientos en tu interior. No la dejes escapar de nuevo. Ella sigue queriéndote, lo sé, pero debes saber que Marcos te lleva ventaja según me han contado.
- Natalia no quiere saber nada más de mí. No quiere volver a verme.
- No creo que sea para tanto, Aarón. Cuando os reencontrasteis discutisteis, pero luego os reconciliasteis, por lo que esta vez será igual, lo arreglareis, seguro.
- Sí, claro… La última vez que nos vimos le pegué un puñetazo a Marcos y ella se enfadó mucho conmigo, me echó de su casa y estaba realmente furiosa. Bueno, no mucho, pero le molestó que pegase a Marcos, lo vi en sus ojos.
Anabel se rió.
- Seguro que se lo merecía… Algo habría hecho para que le pegases, porque tú no pegas así porque sí.
sábado, 10 de abril de 2010
Capítulo 38
*ANABEL*
Habían pasado dos semanas desde que había llamado a Aarón. Me había dicho que cuando volviera iría a mi casa, por lo que supuse que seguía fuera. Pero ¿dónde? Decidí ir a su casa a preguntárselo a su madre.
Ya tenía mi coche en el garaje, arreglado, por lo que tardé muy poco en llegar.
Llamé al timbre y, para mi sorpresa, me abrió mi novio, quien parecía decepcionado de verme allí.
Se apartó de la puerta para dejarme pasar y fue entonces cuando me di cuenta de que su pierna ya no tenía escayola.
Pasamos al salón en silencio y nos sentamos.
- ¿Por qué no has ido a verme? –pregunté al fin.
- No me apetecía…
Aquellas palabras me hicieron verdadero daño, aunque yo juraba que no sentía nada por él.
- ¿Ya no me quieres? –quise saber.
- ¿Quieres que te sea sincero?
Asentí en silencio y esperé.
- Está bien… Nunca te he querido, Anabel. Sólo estaba contigo porque pensé que me ayudarías a olvidar a Natalia, pero no ha funcionado.
- Si no ha funcionado no ha sido por mi culpa, sino porque ella ha vuelto.
- Ya lo sé, pero si la hubiera olvidado no habría sentido nada al volverla a ver. Mis intentos no han servido de nada.
- Aarón… Ya que tú has sido sincero, yo también voy a serlo…
*LYDIA*
Eran las cuatro de la tarde cuando me separé del chico que llevaba todo el día en mi cama. Ni siquiera recordaba su nombre, pero nos lo habíamos pasado bien.
Me vestí mientras sus ojos recorrían mi figura y él me pedía que volviera a su lado, tentándome con voz susurrante e insinuantes caricias. Le prometí que volvería cuando hubiese solucionado cierto asunto.
Le pedí prestado a Ruth su coche y enseguida llegué a mi destino. Verónica me había asegurado que su hermana había vuelto.
La puerta del portal estaba abierta, por lo que sólo tuve que llamar al timbre del piso.
Me abrió la puerta una de las amigas de Natalia, quien me permitió pasar sin hacer preguntas y me indicó cuál era su dormitorio, al que entré sin llamar.
Natalia se sobresaltó al verte traspasar su puerta, pero no dijo nada.
- Hola, ¿sabes quién soy? –le pregunté.
- Sí, una de las amigas de Anabel, ¿no?
- ¿Sólo de Anabel? Bueno, sí… Me llamo Lydia y soy…bueno, era la novia de Marcos hasta que tú lo fastidiaste todo.
- ¿Yo? ¿De qué me estás hablando?
- No te hagas la inocente. Marcos me dejó por tu culpa.
- Creo que la razón de vuestra ruptura fue que eres una buscona y él te pilló con otro, y no estabais hablando precisamente. –dijo en tono burlón.
- ¡Marcos es mío! ¡Aléjate de él o te arrepentirás!
Entonces alguien me agarró cuando estaba a punto de lanzarme contra Natalia.
Habían pasado dos semanas desde que había llamado a Aarón. Me había dicho que cuando volviera iría a mi casa, por lo que supuse que seguía fuera. Pero ¿dónde? Decidí ir a su casa a preguntárselo a su madre.
Ya tenía mi coche en el garaje, arreglado, por lo que tardé muy poco en llegar.
Llamé al timbre y, para mi sorpresa, me abrió mi novio, quien parecía decepcionado de verme allí.
Se apartó de la puerta para dejarme pasar y fue entonces cuando me di cuenta de que su pierna ya no tenía escayola.
Pasamos al salón en silencio y nos sentamos.
- ¿Por qué no has ido a verme? –pregunté al fin.
- No me apetecía…
Aquellas palabras me hicieron verdadero daño, aunque yo juraba que no sentía nada por él.
- ¿Ya no me quieres? –quise saber.
- ¿Quieres que te sea sincero?
Asentí en silencio y esperé.
- Está bien… Nunca te he querido, Anabel. Sólo estaba contigo porque pensé que me ayudarías a olvidar a Natalia, pero no ha funcionado.
- Si no ha funcionado no ha sido por mi culpa, sino porque ella ha vuelto.
- Ya lo sé, pero si la hubiera olvidado no habría sentido nada al volverla a ver. Mis intentos no han servido de nada.
- Aarón… Ya que tú has sido sincero, yo también voy a serlo…
*LYDIA*
Eran las cuatro de la tarde cuando me separé del chico que llevaba todo el día en mi cama. Ni siquiera recordaba su nombre, pero nos lo habíamos pasado bien.
Me vestí mientras sus ojos recorrían mi figura y él me pedía que volviera a su lado, tentándome con voz susurrante e insinuantes caricias. Le prometí que volvería cuando hubiese solucionado cierto asunto.
Le pedí prestado a Ruth su coche y enseguida llegué a mi destino. Verónica me había asegurado que su hermana había vuelto.
La puerta del portal estaba abierta, por lo que sólo tuve que llamar al timbre del piso.
Me abrió la puerta una de las amigas de Natalia, quien me permitió pasar sin hacer preguntas y me indicó cuál era su dormitorio, al que entré sin llamar.
Natalia se sobresaltó al verte traspasar su puerta, pero no dijo nada.
- Hola, ¿sabes quién soy? –le pregunté.
- Sí, una de las amigas de Anabel, ¿no?
- ¿Sólo de Anabel? Bueno, sí… Me llamo Lydia y soy…bueno, era la novia de Marcos hasta que tú lo fastidiaste todo.
- ¿Yo? ¿De qué me estás hablando?
- No te hagas la inocente. Marcos me dejó por tu culpa.
- Creo que la razón de vuestra ruptura fue que eres una buscona y él te pilló con otro, y no estabais hablando precisamente. –dijo en tono burlón.
- ¡Marcos es mío! ¡Aléjate de él o te arrepentirás!
Entonces alguien me agarró cuando estaba a punto de lanzarme contra Natalia.
martes, 6 de abril de 2010
Capítulo 37
*AARÓN*
Una vez más me encontraba lamentándome por mi comportamiento con Natalia. No me había movido de mi sitio junto a la puerta, de nuevo cerrada frente a mí. Me estaba cansando de estar de pie con las muletas, pero no duraría mucho, pronto conseguiría librarme de ellas.
Poco a poco bajé los escalones y volví a la ruidosa calle. Entonces los sonidos característicos de las ciudades se mezclaron con una melodía que conocía muy bien. Aquella canción me había acompañado a lo largo de muchos años, era la que escuchaba para recordar el pasado, más feliz que el presente, no sólo para mí, también los demás eran más felices. ¿O no? En poco tiempo todo había cambiado mucho, pero… ¿había sido para bien o para mal? No lo tenía claro.
La melodía había dejado de sonar, pero pronto volvió a llegar a mis oídos. Fue entonces cuando me di cuenta de que era mi móvil lo que emitía aquel sonido, me llamaba Anabel.
- Hola.
- Hola –me dijo alegremente.
- ¿Qué es lo que quieres?
- Hablar contigo, pero mejor en persona.
- No estoy en Madrid. –contesté secamente.
- ¿Dónde estás?
- En… Cuando llegue a Madrid voy a tu casa y hablamos, ¿vale?
- Vale cariño. Te echo de menos.
Y colgué. Sentí más que nunca que no quería estar con ella.
Cogí un taxi que me llevó a la estación de tren.
Cuando llegué a Madrid eran las ocho y media. Ya caía la noche y todas las farolas estaban encendidas, alumbrando la ciudad y guiando mis pasos. No fui a casa de Anabel, sino a la mía, y no me molesté en llamarla.
*NATALIA*
Llamé a mis amigas con el móvil de Marcos para que dejasen de preocuparse y para que supieran que nos íbamos a quedar en Sevilla algunos días más, aunque no especifiqué la cantidad. Les prometí que cargaría la batería de mi móvil, sin conseguía encontrar el cargador que había dejado allí antes de marcharme, y que llamaría a menudo.
Finalmente fuero dos semanas las que estuvimos en mi ciudad natal. Yo aún tenía ropa en mi antigua habitación, pero para Marcos no había nada, por lo que un día fuimos de compras.
Aquellas dos semanas las empleamos en recorrer la ciudad y en conocernos mejor, pues, a pesar de lo que comenzábamos a sentir estando juntos, éramos prácticamente unos desconocidos el uno para el otro, aunque él conocía gran parte de mi historia.
Descubrí de él que, hasta que cumplió la mayoría de edad, había vivido con sus tíos. No había conocido a su padre y su madre viajaba mucho por su trabajo de azafata, por lo que ellos le habían cuidado siempre. Me contó que los apreciaba mucho, pero que no quería seguir fingiendo que eran una familia, por eso se había marchado a vivir con Jonathan y Eduardo. Le pregunté el porqué de que Aarón no viviese con ellos y me dijo que estaba muy pegado a las faldas de su madre, ya que era ella quien le daba el dinero que tenía y si se marchaba no recibiría nada.
El día que volvimos a Madrid era 22 de diciembre. Marcos me contó que habían pensado celebrar la Navidad en su casa, pues era bastante grande, lo que había quedado claro el día de la fiesta. Él y sus amigos nos invitaron a Ana, a Sara y a mí a pasar aquellas fechas con ellos y aceptamos.
Una vez más me encontraba lamentándome por mi comportamiento con Natalia. No me había movido de mi sitio junto a la puerta, de nuevo cerrada frente a mí. Me estaba cansando de estar de pie con las muletas, pero no duraría mucho, pronto conseguiría librarme de ellas.
Poco a poco bajé los escalones y volví a la ruidosa calle. Entonces los sonidos característicos de las ciudades se mezclaron con una melodía que conocía muy bien. Aquella canción me había acompañado a lo largo de muchos años, era la que escuchaba para recordar el pasado, más feliz que el presente, no sólo para mí, también los demás eran más felices. ¿O no? En poco tiempo todo había cambiado mucho, pero… ¿había sido para bien o para mal? No lo tenía claro.
La melodía había dejado de sonar, pero pronto volvió a llegar a mis oídos. Fue entonces cuando me di cuenta de que era mi móvil lo que emitía aquel sonido, me llamaba Anabel.
- Hola.
- Hola –me dijo alegremente.
- ¿Qué es lo que quieres?
- Hablar contigo, pero mejor en persona.
- No estoy en Madrid. –contesté secamente.
- ¿Dónde estás?
- En… Cuando llegue a Madrid voy a tu casa y hablamos, ¿vale?
- Vale cariño. Te echo de menos.
Y colgué. Sentí más que nunca que no quería estar con ella.
Cogí un taxi que me llevó a la estación de tren.
Cuando llegué a Madrid eran las ocho y media. Ya caía la noche y todas las farolas estaban encendidas, alumbrando la ciudad y guiando mis pasos. No fui a casa de Anabel, sino a la mía, y no me molesté en llamarla.
*NATALIA*
Llamé a mis amigas con el móvil de Marcos para que dejasen de preocuparse y para que supieran que nos íbamos a quedar en Sevilla algunos días más, aunque no especifiqué la cantidad. Les prometí que cargaría la batería de mi móvil, sin conseguía encontrar el cargador que había dejado allí antes de marcharme, y que llamaría a menudo.
Finalmente fuero dos semanas las que estuvimos en mi ciudad natal. Yo aún tenía ropa en mi antigua habitación, pero para Marcos no había nada, por lo que un día fuimos de compras.
Aquellas dos semanas las empleamos en recorrer la ciudad y en conocernos mejor, pues, a pesar de lo que comenzábamos a sentir estando juntos, éramos prácticamente unos desconocidos el uno para el otro, aunque él conocía gran parte de mi historia.
Descubrí de él que, hasta que cumplió la mayoría de edad, había vivido con sus tíos. No había conocido a su padre y su madre viajaba mucho por su trabajo de azafata, por lo que ellos le habían cuidado siempre. Me contó que los apreciaba mucho, pero que no quería seguir fingiendo que eran una familia, por eso se había marchado a vivir con Jonathan y Eduardo. Le pregunté el porqué de que Aarón no viviese con ellos y me dijo que estaba muy pegado a las faldas de su madre, ya que era ella quien le daba el dinero que tenía y si se marchaba no recibiría nada.
El día que volvimos a Madrid era 22 de diciembre. Marcos me contó que habían pensado celebrar la Navidad en su casa, pues era bastante grande, lo que había quedado claro el día de la fiesta. Él y sus amigos nos invitaron a Ana, a Sara y a mí a pasar aquellas fechas con ellos y aceptamos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




